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NATALIA
AYARRA/JAVIER MARRODÁN. ETXARRI ARANATZ.
Etxarri
Aranatz vivió ayer una jornada histórica y emocionante.
Veinticinco años después de que Jesús Ulayar
cayese asesinado junto a la puerta de su casa, miles de personas
se reunieron para recordarle, para arropar a su viuda y a sus
cuatro hijos, y para sacudir de las calles del pueblo el miedo
impuesto por el nacionalismo radical.
La
lápida de Jesús Ulayar en el cementerio de Etxarri
Aranatz contiene un mensaje en primera persona. Está escrito
en euskera, en el euskera de Etxarri que hablaba en casa con su
mujer y sus cuatro hijos. Dice así: «Etxarriarra
de nacimiento y habiendo vivido toda la vida en Etxarri y trabajando
durante años con constancia por los etxarriarras, de noche
y por sorpresa, enfrente de la puerta de casa, la que en Etxarri
siempre hemos conocido como Casa Txartxenekoa, en el número
4 de la calle Maiza, una vergonzante bestia desalmada, con la
colaboración necesaria de otros tres de igual índole,
me robaron la vida de cinco tiros».
La única frase de la tumba que figura en castellano es
la cita evangélica que rubrica el epitafio, tomada de la
Pasión de Jesucristo: «No lloréis por mí,
llorad más bien por vosotros y por vuestros hijos».
El
conjunto del mensaje contiene de algún modo todos los elementos
que configuran la historia de la familia Ulayar y el pasado reciente
de Etxarri Aranatz, un pueblo que siempre ha estado gobernado
por el nacionalismo, un pueblo que ha alimentado generosamente
las filas de ETA, un pueblo donde los quince vecinos que en 1996
se atrevieron a manifestarse detrás de una pancarta de
Gesto por la Paz sufrieron el acoso de las decenas de contramanifestantes
que boicotearon todas sus apariciones, un pueblo donde hasta ayer
no había sido fácil levantar la voz para hablar
de libertad o de democracia.
Lo
sucedido ayer quizá constituya un punto de inflexión,
del mismo modo que el asesinato de Jesús Ulayar hacer 25
años abrió un largo periodo de miedo y oprobio.
Ése fue el mensaje que quisieron transmitir los hijos de
la víctima al concluir una jornada que resultó tan
emocionante como simbólica. José Ignacio Ulayar
Mundiñano lo dejó muy claro en las palabras de agradecimiento
que pronunció en la parroquia al concluir la misa: «Entre
todos los que nos hemos reunido hoy aquí estamos decididos
a comenzar una nueva época».
Pero
eso fue al final, cuando la multitud que secundó la convocatoria
de Libertad Ya emprendió el viaje de regreso a sus casas,
algunas en lugares tan distantes como Barcelona o Málaga.
El
programa había comenzado tres horas antes en el camposanto,
al pie de la lápida transcrita. Una multitud había
ido accediendo desde las 16.00 horas al lugar, vigilado, como
todo el pueblo, por agentes de la Guardia Civil. La Policía
Foral habló de unas dos mil personas, una multitud, en
cualquier caso, que desbordó el estrecho pasillo que dejaban
entre sí dos bloques de nichos. En uno de ellos reposan
los restos del que fue alcalde de Etxarri Aranatz entre 1969 y
1975.
Peio
Etxabarri, el párroco, de la localidad, dirigió
el rezo de un responso, tratándose de hacer oír
por encima de la extensión de paraguas. El silencio era
absoluto. En primera fila, junto al sacerdote, se encontraban
los siete nietos que Jesús Ulayar no pudo conocer en vida:
Jesús, Pablo, Juan, Daniel, Jaime, Adriá y Julia.
Todos ellos siguieron con atención y seriedad el acto.
Mari Nieves Ulayar, la madre de los dos últimos, depositó
un centro de flores junto a la lápida.
Por
las calles de Etxarri
A
la salida del cementerio se improvisó una manifestación
silenciosa que recorrió protegida por los paraguas el kilómetro
escaso que separa el camposanto del casco urbano. La estampa que
ofrecía la comitiva hacía inevitable el recuerdo
del escaso grupo que en 1979 asistió al entierro de Jesús
Ulayar. El mayor de sus hijos se encontraba entonces haciendo
la mili en Ceuta y Salvador, el pequeño, tenía trece
años. José Ignacio, que tenía 19 y trabajaba
en una fábrica de cerámicas, dejó la empresa
y aquel mismo día, con el cadáver aún caliente,
se puso al volante del vehículo familiar para retomar las
gestiones que su padre había dejado inacabadas.
Ya
en el pueblo, la marea humana se extendió por las calles
oscuras y vacías. De algunas ventanas colgaban ikurriñas
y muchas paredes lucían pintadas y carteles de apoyo a
ETA. Bastantes de ellos quedaron ocultos por las pegatinas que
colocaron los manifestantes: dos manos blancas sobre un mapa de
Navarra, un símbolo que hasta ayer nunca había formado
parte del mobiliario urbano de la localidad.
La
marcha se detuvo finalmente frente a la casa familiar de los Ulayar,
junto al lugar por tanto donde el ex alcalde cayó atravesado
por cinco disparos el 27 de enero de 1979, un día que también
amaneció lluvioso y que también fue sábado.
Allí se había colocado una sencilla tarima que Salvador
y José Ignacio aprovecharon para explicar a las que estaban
al fondo qué estaba ocurriendo en el lugar del crimen.
Lo
que ocurrió fue muy emocionante. «Vamos a proceder
a retirar los contenedores de basura que los distintos ayuntamientos
de Etxarri han mantenido en el lugar donde mataron a mi padre»,
explicó Salvador a través del micrófono.
Varias personas se acercaron sin dejarle acabar la frase y movieron
los contenedores, casi una metáfora del trato que las sucesivas
corporaciones han dispensado a la familia.
Hubo
muchos que no pudieron ocultar su emoción. Ni siquiera
el presidente Miguel Sanz fue capaz de ocultar las lágrimas.
A su alrededor, repartidas entre la muchedumbre, se encontraban
muchas personas que han sufrido en primera persona la barbarie
terrorista, desde Matilde Sáez de Tejada, viuda de José
Luis Prieto, asesinado el 21 de marzo de 1981, cuando salía
de oír misa en la parroquia pamplonesa de Nuestra Señora
del Huerto, hasta José Aguilar, que perdió una pierna
el 26 de diciembre de 1988 al pisar una bomba trampa colocada
junto a la casa cartel de Alsasua, o Ana Isabel Ortigosa, viuda
de Julián Embid Luna, muerto en Sangüesa el último
30 de mayo. Estaban también la viuda -Pilar Martínez-
y los hijos de Tomás Caballero y, por supuesto, la esposa
de Francisco Berlanga Robles, el artificiero de la policía
que encontró la muerte el 2 de enero de 1979 al tratar
de desactivar una bomba que los terroristas habían colocado
en una inmobiliaria de la Plaza del Castillo. Lo que no sabía
Catalina Navarro Florida es que detrás de ella se encontraba
Fernando Jiménez Fuentes, el dueño de la inmobiliaria
donde ETA había colocado la bomba que mató a su
marido.
Unos
y otros fueron colocando sobre una mesa 25 velas encendidas, tantas
como años han transcurrido desde el crimen. Una de las
primeras la puso Rosa Mundiñano Ezcutari, la viuda de Jesús
Ulayar. Casi a la vez, se ofreció a los congregados la
posibilidad de estampas sus manos blancas -enfundadas en guantes
de látex, para no mancharse- sobre el fondo azul que se
había pintado en la fachada.
Los
actos se trasladaron a continuación a la plaza principal
del pueblo, escenario de innumerables concentraciones de apoyo
a los presos, y ayer tomada por una multitud conmovida y pacífica.
La concejala de Urnieta Maite Pagazaurtundua y el periodista José
María Calleja se sucedieron en el micrófono antes
de que lo hiciera, en nombre de la familia Jesús Ulayar.
Desde
la plaza, los reunidos se dirigieron hasta la cercana iglesia
parroquial. Allí se celebró una misa en memoria
de los asesinados. La presidió Javier Azpíroz, vicario
de Mendialdea, acompañado en al altar por una veintena
de sacerdotes. Varias decenas de personas tuvieron que seguir
la ceremonia a través de una pantalla instalada en el exterior,
pero tanto ellas como las que se apretaron en el interior del
templo regresaron a casa convencidos de haber participado en una
jornada para la historia.
Publicado en Diario de Navarra 25/01/2003
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