| La
historia de la familia Ulayar
es un espejo en el que todos los navarros deberíamos tratar
de descubrirnos. Es una historia que se abrió con un crimen,
el de Jesús Ulayar Liciaga, que se ha prolongado durante
muchos años de soledad e impotencia, y que seguirá
abierta mientras los autores del atentado puedan seguir paseándose
por la calle con el título de hijos predilectos de Etxarri
Aranatz, la localidad en la que convivieron con su víctima,
la misma en la que le dieron muerte el 27 de enero de 1979.
Jesús
Ulayar fue sobre todo un hombre bueno. A sus títulos de
padre de familia o de alcalde, los principales, podrían
añadirse los de euskaldún emprendedor, sociable,
inquieto, ocurrente o generoso, pero ni siquiera la suma de todos
ellos le haría justicia. Fue concejal de su pueblo desde
1967 y alcalde entre 1969 y 1975. Se preocupó y se ocupó
cuanto pudo de sus vecinos. "La nuestra fue una infancia
que se quedó corta de padre", han comentado alguna
vez sus hijos, ofreciendo en una sola frase el reverso de la esmerada
dedicación de Jesús Ulayar al trabajo municipal.
No se ahorró tiempo y esfuerzos, ni siquiera cuando algunos
de sus vecinos le colgaron las etiquetas -"fascista",
"antivasco"...- que acabaron conduciéndole a
la tumba.
Han
pasado 25 años desde su muerte, pero el eco de los disparos
no se ha extinguido. En su día, la viuda y los cuatro hijos
de Jesús Ulayar asistieron conmovidos al funeral y al entierro,
y recibieron el pésame y el cariño de unos pocos.
No podían imaginar aún que su dolor, sus lágrimas,
su indefensión y su abandono se iban a prolongar durante
muchísimo tiempo.
Menos
aún podían sospechar que los autores del crimen,
detenidos en octubre de 1979 y juzgados en 1980 en la Audiencia
Nacional, serían nombrados hijos predilectos por el ayuntamiento
de Etxarri Aranatz, ni que lanzarían el chupinazo de fiestas
al abandonar la cárcel. Lo hicieron desde el balcón
de la casa consistorial, casi vanagloriándose de su condición
de verdugos en el mismo edificio en el que tantas horas había
invertido su reo por hacerles más cómoda la existencia.
No
es fácil hacerse cargo de cómo eran las cosas en
1979. Hace unos días, los periódicos destacaban
que el año 2003 se había cerrado con sólo
tres víctimas mortales de ETA, pero en 1979, Jesús
Ulayar, abatido cuando aún no había terminado el
mes de enero, fue el undécimo asesinado. Aquel año
ya había habido incluso otro muerto en Navarra: el cabo
de la policía Francisco Berlanga Robles, que murió
reventado el 2 de enero cuando trataba de desactivar una bomba
en la Plaza del Castillo. Francisco Berlanga tenía 26 años
y era padre de tres hijos pequeños. "Murió
para que otros no murieran", dijo el sacerdote que celebró
su funeral en la capilla del acuartelamiento de Beloso. Su viuda
vive fuera de Navarra y sus hijos han crecido lejos del lugar
donde a su padre le quitaron la vida, pero el sábado que
viene volverán para recordarle y para recibir el calor
que entonces no tuvieron. Francisco Berlanga y Jesús Ulayar
estarán juntos en el homenaje que queremos brindarles.
Es
además un homenaje que Libertad Ya se ha propuesto repetir
cada vez que se cumpla el vigésimo quinto aniversario de
un asesinato. Pretendemos reparar así el apoyo que entonces
no tuvieron las familias directamente afectadas por la barbarie
terrorista, aunque siempre será una compensación
insuficiente por la deuda que tenemos contraída con ellas.
No nos olvidamos de los que fallecieron hace más de veinticinco
años: Joaquín Imaz Martínez (26/11/77), José
Manuel Baena Martín (11/01/78) y Manuel López González
(09/05/78). No tuvimos la capacidad de participar como colectivo
en sus respectivos aniversarios, pero nos solidarizamos desde
aquí con sus allegados.
Impresiona
asomarse al listado de las más de 800 víctimas de
ETA e intuir las historias que se ocultan detrás de todos
esos nombres. Quizá las cifras y las historias serían
hoy distintas si en 1979 todos hubiésemos reaccionado de
otro modo. Quizá el año pasado, incluso el anterior,
no se habría celebrado ya ningún funeral.
El
caso de los Ulayar sigue resultando estremecedor, pero no basta
conmoverse, no es suficiente imaginar el dolor de aquellos largos
años de injusticia masticados en silencio, sin testigos.
Es preciso que todos nos miremos en el relato de su abandono para
descubrir cómo éramos entonces.
Está
bien emocionarse ante las fotografías en blanco y negro
del funeral, pero debemos buscar la imagen de nosotros mismos
en aquella época y preguntarnos dónde estábamos,
que hacíamos, cuánto tiempo tardamos en descubrir
que el problema de los Ulayar era también nuestro problema.
Si
aquel crimen fue un punto de inflexión en la vida de Etxarri
Aranatz -apenas ha habido desde entonces en su ayuntamiento concejales
no nacionalistas-, los actos que se han organizado con motivo
del 25º aniversario del atentado deberían tener el
sentido contrario, no ya sólo en la localidad sino en el
conjunto de la Comunidad foral. El programa, además, nos
brinda a todos la oportunidad de asumir en primera persona lo
que quizá hasta hace poco habíamos contemplado con
cierta distancia.
Seguro
que va a ser así. En esta ocasión, la viuda y los
cuatro hijos de Jesús Ulayar Liciaga encontrarán
junto al escenario del crimen los rostros de algunas personas
que entonces no pudieron o no quisieron asistir a su duelo. Puede
que ni siquiera supieran de él. Ahora, con un cuarto de
siglo de retraso, aquellas ausencias que rodearon el cortejo fúnebre
van a adquirir perfiles concretos. Ahora somos muchos más
los que deberíamos estar junto a ellos: quienes en 1979
no nos preocupamos de arroparles, quienes presenciamos su drama
desde la distancia, quienes no creíamos que nuestra presencia
pudiese resolver nada, quienes veíamos el terrorismo como
algo ajeno, quienes preferimos no meternos en líos, quienes
rezamos por ellos desde la lejanía cómoda de nuestros
hogares, quienes no fuimos capaces de trascender los detalles
que recogieron las crónicas periodísticas, quienes
no acabábamos de tener claro por qué lo habían
matado, quienes pensábamos que nuestras quejas podían
alimentar a la bestia, todos los que no estuvimos en Etxarri Aranatz
por una u otra causa, deberíamos estar ahora junto a la
casa de aquel hombre bueno que cayó atravesado por cinco
disparos en presencia de su hijo de trece años.
Y
así va a ser: la terrible herencia que ha dejado ETA en
los últimos 25 años no ha impedido que la frontera
del miedo haya ido retrocediendo. El compromiso valiente de algunas
personas singulares es hoy un clamor creciente. La sociedad va
despertando poco a poco, y empezamos a ser muchos los que estamos
dispuestos a defender nuestra libertad donde haga falta. Es verdad
que aún matan cuando pueden -y pueden cada vez menos, gracias
a Dios- y que aún tienen amigos que les jalean, y políticos
y paisanos que compadecen y disculpan a sus amigos. Pero ya no
es como antes. Entonces éramos mayoría los que creíamos
que la violencia no tenía ninguna razón de ser y
hoy somos mayoría los que estamos dispuestos a defender
ese planteamiento en manifestaciones y actos como el del próximo
sábado. Hoy hay más motivos que nunca para el optimismo,
y no sólo por la debilidad operativa de los terroristas
o por la ilegalización de sus representantes supuestamente
políticos.
Hoy
todos somos más conscientes de las obligaciones que comporta
nuestra condición de ciudadanos, y estamos más dispuestos
a dejarlo claro donde sea necesario, donde podamos. Una de esas
obligaciones es también la de confortar a las víctimas
y la de aliviar en la medida de lo posible sus muchos años
de penumbra. Por eso, los pocos que en 1979 acompañaron
a las viudas y a los huérfanos de Jesús
Ulayar y Francisco
Berlanga se multiplicarán el próximo sábado,
día 24, en Etxarri Aranatz. A las 17.00 horas nos reuniremos
en el cementerio, a continuación participaremos en un acto
cívico y a las 19.00 horas asistiremos a una misa de aniversario.
Presentes o no, todos estaremos ese día con las víctimas,
en el mismo lugar en el que una de ellas encontró la muerte
hace 25 años. Los asesinos son los únicos que probablemente
no acudan el sábado al lugar del crimen.
Colectivo
ciudadano Libertad Ya
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