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Publicado
en Diario de Navarra
AURELIO ARTETA, catedrático de Filosofía
Moral y Política de la UPV
TE
decía el pasado sábado, Carlos, que pretendes taparme
la boca con el recurso a una alternativa ridícula: o enumero
y condeno uno por uno todos los males de este mundo o no debo
condenar ninguno. Podría ser que el nacionalismo vasco
fuera un error y un horror, pero nadie tendría derecho
a denunciarlo mientras no denunciara antes o a la vez todos los
demás errores horrorosos. O todo o nada, tú no te
andas con chiquitas y rechazarías con dignidad cualquier
paraíso parcial mientras no te dieran el cielo total.
"Y
tú más"
Ese
procedimiento adopta múltiples formas, como esa variante
castiza del argumento ad hominem que es el bien conocido "¡y
tú más!". Según afirmas, al enemigo
que algunos combatimos lo hemos denominado "nacionalismo
etnicista excluyente"; y añades que, sin entrar en
el fondo de él, observas "algunos sinsentidos entre
los defensores de esta interpretación (¿única?)
del nacionalismo". Lo que dices es un fiel reflejo de lo
que haces. Efectivamente, no te pones a buscar los posibles sinsentidos
de esa interpretación (falta de premisas razonables o de
coherencia en las conclusiones), sino sólo los que te parecen
sinsentidos de sus defensores. Abandonas el examen de la tesis
misma y la atacas mediante la denuncia de la presunta inconsistencia
de sus partidarios por mantener a la vez esta y otras tesis. Pero,
bueno, ¿crees que así pruebas algo?
Verbigracia
primera: "No entiendo que se tache de ilegítimo al
nacionalismo vasco por etnicista, y se corra a justificar el derecho
de existencia y defensa del Estado de Israel, etnicista por definición".
Me estás replicando a mí, pero no soy yo quien hace
eso, ni conozco a quien lo haga ni me parece que sean situaciones
comparables. Pero, sobre todo, carece de todo sentido probatorio
el que traigas eso a colación. Quien condene un etnicismo
y aplauda otro etnicismo podrá ser más o menos incongruente,
pero su incongruencia subjetiva no pone ni quita nada objetivo
a lo que aquí discutimos. Si el nacionalismo vasco es o
no etnicista, lo será con independencia de que el Estado
de Israel sea etnicista o no. Y si el etnicismo nos parece ilegítimo
por sentar en lazos naturales los fundamentos de una comunidad
política, tan ilegítimo será el etnicismo
vasco como el israelí. Pero en modo alguno se apoya la
bondad del etnicismo del uno mostrando que quien lo condena no
condena en la misma medida al otro. Y este tipo de chapuza retórica
es una de tus favoritas.
Verbigracia
segunda: "Tampoco [entiendo] que maldiga lo excluyente del
nacionalismo vasco la misma boca o pluma que justifica (...) el
férreo control de los inmigrantes de países subdesarrollados".
Creo que esa boca o pluma no son las mías, y estamos de
nuevo en las mismas de antes. El carácter excluyente del
nacionalismo vasco es una cosa, la férrea política
oficial española de inmigración es otra. Ambas proposiciones
pueden ser verdaderas, o ambas falsas o una verdadera y otra falsa.
La cuestión estriba, sencillamente, en probar la verdad
o falsedad de cualquiera de ellas. Eso ni lo intentas. Ambas praxis
políticas pueden ser buenas, malas o regulares; o una de
las dos mejor y la otra peor. Pero nada se dice ni se justifica
de la primera tesis denigrando simplemente la segunda o viceversa.
En
resumidas cuentas, a partir del hecho de que una persona maldiga
el carácter excluyente del nacionalismo vasco y bendiga
el presunto carácter excluyente de la política española
de inmigración nadie puede deducir que una u otra proposición
sea verdadera/falsa o que una u otra política sea justa/injusta.
Simplemente, así te evitas el esfuerzo de meditar ambas
tesis. Das por supuesto que la norma oficial es maligna sin paliativos,
que quien la defiende yerra (o incurre en vicios inconfesables)
y, en consecuencia (¿), que este último, al pronunciarse
sobre el nacionalismo vasco, inevitablemente ha de equivocarse.
Pues bien, muchacho, a lo largo de toda esa cadena de proposiciones
no hay consecuencia lógica alguna.
Tu
quoque
Tus
recursos para escabullirte de los argumentos del contrario haciendo
como que los replicas o contrarrestas son abundantes, aunque a
veces rayen en la simple y llana desfachatez. Hay uno de corte
más bien infantil, un modo no tanto del "y tú
más" como del "y tú también".
Tal como expones, se diría que una práctica o conducta
funesta disminuye en maldad con que esté lo bastante extendida;
no digamos si llega a ser de dominio común, porque entonces
se convertiría en buena. Se te escapa ese modo de razonar,
por ejemplo, cuando afirmas "no creo que haya discriminado
más que otros [cursiva mía] a nadie por su lugar
de nacimiento"; y lo refuerzas con el recuerdo de que muchos
profesores y alumnos de tu colegio se reían de quienes
no sabían castellano.
De
donde han de deducirse dos cosas: que tú también
discriminas (o discriminaste) injustamente, si bien tu comportamiento
podría quizá consentirse porque otros muchos pecaron
de él tanto o más que tú. Pero la cuestión
no es si tú discriminas sin derecho a la gente por su lugar
de nacimiento, ni si discriminas más o menos que otros,
sino si el nacionalismo lo hace. La respuesta irrefutable es que
todo nacionalismo se asienta precisamente en esa discriminación
y la lleva hasta sus últimas consecuencias. Y aunque tú
no lo hagas, los nacionalistas vascos pretenden que semejante
vejación lingüística que algunos antepasados
sin duda sufrieron puede justificar hoy una discriminación
lingüística en sentido contrario. Ojo por ojo se llama
esa figura, una forma de venganza más que de silogismo.
Mal
de muchos...
Este
remedo de argumento reaparece unas líneas después.
Así, consideras exagerado que "una determinada política
lingüística, de gran parecido con muchas de otras
partes del mundo [cursiva mía], reciba calificaciones de
limpieza étnica lingüística...". Desconozco
qué establecen esas otras políticas, cuáles
son los principios que invocan y cuáles los resultados
políticos que originan, pero de nuevo de tus palabras se
desprenden lecciones inaceptables. La primera sería que
no merece la pena examinar críticamente la política
de aquí si al parecer coincide con las políticas
de allá. Y la segunda, que cabría disculpar cualquier
atropello siempre que estuviera repartido entre muchos. Lo único
que no haces, claro está, es acercarte siquiera al problema
de la llamada discriminación inversa o positiva, sea con
respecto a la política lingüística o a cualquier
otra, que es el ilegítimo fundamento en el que el nacionalismo
vasco se apoya expresamente para emprender tales políticas.
Pero
no puedo sustraerme, Carlos, a entrar en la materia que tocas.
A lo mejor yo mismo he calificado alguna vez a la política
lingüística vasca de "limpieza étnica
lingüística y otras perlas", como dejas caer,
y me parece una calificación del todo ajustada. Lo mismo
le parecería a cualquiera que leyera sin anteojeras el
Plan General de Promoción del Uso del Euskera, aprobado
por el Consejo de Gobierno del Gobierno Vasco el 28 de Julio de
l998. Hace bien poco que ese mismo Gobierno, tal como anunciaba
aquel Plan, ha decidido el apartamiento de sus puestos nada menos
que de mil (Comisiones Obreras multiplica esa cifra por cuatro)
colegas tuyos, profesores de Instituto, por no dar el nivel exigido
en vascuence. Los profes "majos" y de izquierdas ¿habéis
levantado vuestra voz contra semejante abuso en el país
vecino? ¿Acaso no veis que en Euskadi está ocurriendo
otrotanto con jueces y ertzainas, y personal sanitario, etc.?
Y si los últimos decretos forales en esta materia cuentan
al menos con la virtud de impedir estos desafueros, ¿habrá
en nuestra comunidad alguien decente capaz de descolgarse del
unánime coro de vociferantes contra esa política
lingüística?
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