Rebajas dialécticas 4

El "tema" es muy complejo
AURELIO ARTETA, catedrático de Filosofía Moral y Política de la UPV


SI el lector no se ha cansado, Carlos, aún quedan por ofrecerle otros cuantos trucos dialecticos que se contienen en tu carta. Una socorrida táctica de echar balones fuera es el recordatorio de la complejidad del conflicto vasco y de la conveniencia de andarnos con tiento. "El problema de las construcciones perfectas es", me recuerdas, "que la realidad es más compleja que la teoría, y que estas mismas, a fuer de lógicamente impecables, caen en contradicciones internas fácilmente". Que el teórico no se haga ilusiones.

No juzguéis para no ser juzgados

Claro que te guardas, Carlos, de explicar en qué consiste tal complejidad o cuáles son las condiciones imprescindibles para empezar a desenredarla. Es frecuente el disuadir de intentar siquiera comprender el problema y son muchos los que dan ejemplo de esa virtuosa abstención que predican. Una máscara más del miedo, ahora disfrazado del evangélico No juzguéis y no seréis juzgados . Entretanto, a los más burros se les deja que rebuznen (lo que a bastantes aún les suena a música celestial) y nadie impide que actúen a su burra manera. Si la cosa era compleja, ellos se encargan de enredarla más todavía, porque sólo ellos se benefician del enredo.

A decir verdad, de esa cautela habría que advertir más que a nadie al nacionalista: que la realidad política resulta ciertamente más compleja que ese yermo al que él la reduce. Sólo su infinita simplicidad mental puede creer que todo tiene sólo dos caras: o se es nacionalista vasco o nacionalista español, o de aquí o de allá, o demócrata o violento, o con una identidad o con la contraria, o pro o anti, o conmigo o contra mí. Aún no ha comprendido que cada individuo sólo es idéntico a sí mismo, lo que le hace distinto de todos los demás. Así como tampoco ha comprendido que cada uno es el resultado de adoptar, compartir y transformar a lo largo de su existencia múltiples identidades colectivas (familiares, laborales o políticas). El pobre nacionalista sólo sabe vivir en comunidad política cuando vive -y obliga a los demás a vivir- al servicio de su nación; es decir, sacrificando toda esa riqueza individual a un ente colectivo y para colmo ficticio. Hasta en mi pueblo lo llaman totalitarismo.

La banalidad del mal

Tal vez si subrayáramos la gravedad del problema, la bárbara e injusta doctrina que le subyace, el desarme cívico que viene a fomentarlo, así como la ruptura social y la corrupción moral que lo acompañan, habría mayor fuerza para ponerse a desentrañar aquella complejidad. Lo malo es que eso exige, desde luego, un coraje ético, una convicción democrática y alguna preparación intelectual que no todos quieren cultivar.

Pues bien, equivocados o no, algunos hemos entrado a entender el problema y a distinguir lo que suele confundirse. Ya sólo por eso nos arriesgábamos a errar, aunque no ha sido frecuente que probaran nuestros errores. Los que jamás se han metido en harina, ésos no se han equivocado nunca. Pero sería más justo decir que se han equivocado siempre, porque no han hecho sino contribuir a que la atmósfera de la mentira, el disimulo y el engaño se haya vuelto tan espesa que nadie confíe en disiparla. Ellos forman parte crucial del problema mismo, ellos son un componente más de aquella complejidad.

Porque hay que atreverse a juzgar en voz alta el problema, sus raíces ideológicas y a los actores que tenemos en la puerta de al lado. Acude a Hanna Arendt (Eichmann en Jerusalén) y verás cómo el rechazo a juzgar o esa ineptitud para distinguir entre lo justo y lo injusto tan característica de nuestro tiempo es lo que vuelve a muchos hombres "terribles y terroríficamente normales"... Pero no menos aterrador resulta que la abstención general, la extendida indiferencia moral profesada con la mejor de las conciencias, y todo ello como requisito para mantener sin tacha nuestra condición de normales, nos deja indefensos ante cualquier tropelía. En esa imposible además de indecente neutralidad, en esa suspensión del juicio -prosigue Arendt-, "yace el horror y, al mismo tiempo, la banalidad del mal". En lo que nos atañe, la banalidad del presente mal vasco, que (nos guste o no) es también un mal navarro.

Una cosa es la teoría

Ya, ya -me replicarás-, todo lo que quieras, pero ¿qué ocurre cuando se deja de lado esta dichosa complejidad? Según tú, Carlos, ocurre que esas construcciones teóricas perfectas, "a fuer de lógicamente impecables, caen en contradicciones internas fácilmente". La verdad es que no acierto a entender que un cuerpo teórico sea lógicamente impecable y a la vez plagado de incoherencias, pero tú sabrás...

No podía faltar el topicazo de que una cosa es la teoría y otra la práctica, que resulta una bonita manera de ocultar que carecemos de teoría, de regatear toda autoridad a los teóricos y de someternos por entero a la necesidad práctica, ya se muestre ésta en forma de fuerza bruta, de consignas del partido o de lo que esté mandado. Pues no, señor, en estas materias (qué quiero hacer, qué debemos hacer) teoría y práctica acostumbran ir del brazo. Toda conducta individual y colectiva emana directa o indirectamente de algún saber o creencia, consciente o inconsciente, que la estimulan o justifican. No dudes que una de las causas más decisivas en el origen y continuación de la desastrosa práctica que nos ocupa, la promovida por el nacionalismo vasco, es una doctrina (antropológica, histórica, jurídica, política y moral) indefendible. Una de las causas más enraizadas de la persistencia de esta práctica es la muy escasa formación teórica de quienes la sufren e incluso de muchos que se le enfrentan.

Pero vengamos a esa clase de contradicciones internas en que, a tu entender, incurrimos algunos teóricos exquisitos. "Sin ir más lejos", sentencias, "la teoría de la democracia está sufriendo un importante viraje con los últimos acontecimientos internacionales. Se menosprecian las libertades y las garantías judiciales, que le han servido de base en las versiones más elaboradas, en aras de la salvación de un nuevo concepto en auge: la civilización". Es para quedarse pasmado ante tu nuevo regate dialéctico. Pues uno quiere suponer que los que menosprecian esas libertades y garantías judiciales serán ciertos países tenidos por democráticos, y no la democracia como tal. ¿Y desde cuándo resulta una contradicción interna a la teoría de la democracia el hecho de que el comportamiento de las democracias reales se aleje poco o mucho de las exigencias de su teoría? ¿Acaso habrá que modificar la teoría democrática, que es una teoría normativa, porque los Estados llamados democráticos la incumplen y para así adecuarse a esas prácticas antidemocráticas o será más bien al revés? ¿Te parece que Bush y su equipo, junto a las medidas antiterroristas, han decretado en las Facultades de Humanidades un cambio en el programa de la teoría de la democracia? ¿Pretendes insinuar que la democracia como principio ideal es algo cambiante y negociable, que algún día puede llegar hasta a bendecir a los nacionalismos como el que aquí y ahora sufrimos? No, Carlos, no puedo endosarte sin mala fe semejantes disparates. Querrás decir tan sólo que, mientras las sociedades que se vanaglorian de ser democracias -pese a sus flagrantes deficiencias- no mejoren sus niveles de libertad e igualdad, aquí nadie tiene derecho a sacar las vergüenzas al nacionalismo vasco... Lo que nos lleva a un nuevo capítulo en esta serie de figuras retóricas perversas.

 



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