|
El
"tema" es muy complejo
AURELIO ARTETA, catedrático de Filosofía Moral y
Política de la UPV
SI el lector no se ha cansado, Carlos, aún quedan por ofrecerle
otros cuantos trucos dialecticos que se contienen en tu carta.
Una socorrida táctica de echar balones fuera es el recordatorio
de la complejidad del conflicto vasco y de la conveniencia de
andarnos con tiento. "El problema de las construcciones perfectas
es", me recuerdas, "que la realidad es más compleja
que la teoría, y que estas mismas, a fuer de lógicamente
impecables, caen en contradicciones internas fácilmente".
Que el teórico no se haga ilusiones.
No
juzguéis para no ser juzgados
Claro
que te guardas, Carlos, de explicar en qué consiste tal
complejidad o cuáles son las condiciones imprescindibles
para empezar a desenredarla. Es frecuente el disuadir de intentar
siquiera comprender el problema y son muchos los que dan ejemplo
de esa virtuosa abstención que predican. Una máscara
más del miedo, ahora disfrazado del evangélico No
juzguéis y no seréis juzgados . Entretanto, a los
más burros se les deja que rebuznen (lo que a bastantes
aún les suena a música celestial) y nadie impide
que actúen a su burra manera. Si la cosa era compleja,
ellos se encargan de enredarla más todavía, porque
sólo ellos se benefician del enredo.
A
decir verdad, de esa cautela habría que advertir más
que a nadie al nacionalista: que la realidad política resulta
ciertamente más compleja que ese yermo al que él
la reduce. Sólo su infinita simplicidad mental puede creer
que todo tiene sólo dos caras: o se es nacionalista vasco
o nacionalista español, o de aquí o de allá,
o demócrata o violento, o con una identidad o con la contraria,
o pro o anti, o conmigo o contra mí. Aún no ha comprendido
que cada individuo sólo es idéntico a sí
mismo, lo que le hace distinto de todos los demás. Así
como tampoco ha comprendido que cada uno es el resultado de adoptar,
compartir y transformar a lo largo de su existencia múltiples
identidades colectivas (familiares, laborales o políticas).
El pobre nacionalista sólo sabe vivir en comunidad política
cuando vive -y obliga a los demás a vivir- al servicio
de su nación; es decir, sacrificando toda esa riqueza individual
a un ente colectivo y para colmo ficticio. Hasta en mi pueblo
lo llaman totalitarismo.
La
banalidad del mal
Tal
vez si subrayáramos la gravedad del problema, la bárbara
e injusta doctrina que le subyace, el desarme cívico que
viene a fomentarlo, así como la ruptura social y la corrupción
moral que lo acompañan, habría mayor fuerza para
ponerse a desentrañar aquella complejidad. Lo malo es que
eso exige, desde luego, un coraje ético, una convicción
democrática y alguna preparación intelectual que
no todos quieren cultivar.
Pues
bien, equivocados o no, algunos hemos entrado a entender el problema
y a distinguir lo que suele confundirse. Ya sólo por eso
nos arriesgábamos a errar, aunque no ha sido frecuente
que probaran nuestros errores. Los que jamás se han metido
en harina, ésos no se han equivocado nunca. Pero sería
más justo decir que se han equivocado siempre, porque no
han hecho sino contribuir a que la atmósfera de la mentira,
el disimulo y el engaño se haya vuelto tan espesa que nadie
confíe en disiparla. Ellos forman parte crucial del problema
mismo, ellos son un componente más de aquella complejidad.
Porque
hay que atreverse a juzgar en voz alta el problema, sus raíces
ideológicas y a los actores que tenemos en la puerta de
al lado. Acude a Hanna Arendt (Eichmann en Jerusalén) y
verás cómo el rechazo a juzgar o esa ineptitud para
distinguir entre lo justo y lo injusto tan característica
de nuestro tiempo es lo que vuelve a muchos hombres "terribles
y terroríficamente normales"... Pero no menos aterrador
resulta que la abstención general, la extendida indiferencia
moral profesada con la mejor de las conciencias, y todo ello como
requisito para mantener sin tacha nuestra condición de
normales, nos deja indefensos ante cualquier tropelía.
En esa imposible además de indecente neutralidad, en esa
suspensión del juicio -prosigue Arendt-, "yace el
horror y, al mismo tiempo, la banalidad del mal". En lo que
nos atañe, la banalidad del presente mal vasco, que (nos
guste o no) es también un mal navarro.
Una
cosa es la teoría
Ya,
ya -me replicarás-, todo lo que quieras, pero ¿qué
ocurre cuando se deja de lado esta dichosa complejidad? Según
tú, Carlos, ocurre que esas construcciones teóricas
perfectas, "a fuer de lógicamente impecables, caen
en contradicciones internas fácilmente". La verdad
es que no acierto a entender que un cuerpo teórico sea
lógicamente impecable y a la vez plagado de incoherencias,
pero tú sabrás...
No
podía faltar el topicazo de que una cosa es la teoría
y otra la práctica, que resulta una bonita manera de ocultar
que carecemos de teoría, de regatear toda autoridad a los
teóricos y de someternos por entero a la necesidad práctica,
ya se muestre ésta en forma de fuerza bruta, de consignas
del partido o de lo que esté mandado. Pues no, señor,
en estas materias (qué quiero hacer, qué debemos
hacer) teoría y práctica acostumbran ir del brazo.
Toda conducta individual y colectiva emana directa o indirectamente
de algún saber o creencia, consciente o inconsciente, que
la estimulan o justifican. No dudes que una de las causas más
decisivas en el origen y continuación de la desastrosa
práctica que nos ocupa, la promovida por el nacionalismo
vasco, es una doctrina (antropológica, histórica,
jurídica, política y moral) indefendible. Una de
las causas más enraizadas de la persistencia de esta práctica
es la muy escasa formación teórica de quienes la
sufren e incluso de muchos que se le enfrentan.
Pero
vengamos a esa clase de contradicciones internas en que, a tu
entender, incurrimos algunos teóricos exquisitos. "Sin
ir más lejos", sentencias, "la teoría
de la democracia está sufriendo un importante viraje con
los últimos acontecimientos internacionales. Se menosprecian
las libertades y las garantías judiciales, que le han servido
de base en las versiones más elaboradas, en aras de la
salvación de un nuevo concepto en auge: la civilización".
Es para quedarse pasmado ante tu nuevo regate dialéctico.
Pues uno quiere suponer que los que menosprecian esas libertades
y garantías judiciales serán ciertos países
tenidos por democráticos, y no la democracia como tal.
¿Y desde cuándo resulta una contradicción
interna a la teoría de la democracia el hecho de que el
comportamiento de las democracias reales se aleje poco o mucho
de las exigencias de su teoría? ¿Acaso habrá
que modificar la teoría democrática, que es una
teoría normativa, porque los Estados llamados democráticos
la incumplen y para así adecuarse a esas prácticas
antidemocráticas o será más bien al revés?
¿Te parece que Bush y su equipo, junto a las medidas antiterroristas,
han decretado en las Facultades de Humanidades un cambio en el
programa de la teoría de la democracia? ¿Pretendes
insinuar que la democracia como principio ideal es algo cambiante
y negociable, que algún día puede llegar hasta a
bendecir a los nacionalismos como el que aquí y ahora sufrimos?
No, Carlos, no puedo endosarte sin mala fe semejantes disparates.
Querrás decir tan sólo que, mientras las sociedades
que se vanaglorian de ser democracias -pese a sus flagrantes deficiencias-
no mejoren sus niveles de libertad e igualdad, aquí nadie
tiene derecho a sacar las vergüenzas al nacionalismo vasco...
Lo que nos lleva a un nuevo capítulo en esta serie de figuras
retóricas perversas.
|