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Al
enemigo, ni agua
AURELIO ARTETA, catedrático de Filosofía Moral y
Política de la UPV
EL lector recordará que una táctica habitual en
toda polémica pública, y a la que no renuncias,
es la de degradar en lo posible al contrincante. Puede hacerse
a base de atribuirle alguna maligna intención, encajarle
algún rótulo social sospechoso y cosas por el estilo.
Qui
prodest?
Pero
albergue o no esas ocultas intenciones y talante tan altanero,
una por una conviene acusar al adversario de que sus ideas no
pueden ser buenas si aprovechan a los que tenemos por malos. Tú
lo haces sin pérdida de tiempo desde el primer párrafo:
"me ocuparé de las bases de tu pensamiento",
me dices, "una suerte, a mi parecer, de ariete involuntario
para mayores y más inconfesables reconstrucciones ideológicas".
Y eso te sirve para que ese pensamiento sea dejado de lado desde
ese mismo instante, pues lo que de él interesa destacar
es que -sin darme yo cuenta, al modo de un tonto útil-
está al servicio de no sé qué reconstrucciones
ideológicas. ¿El españolismo, la Hispanidad
tal vez? Mi reflexión trataba del nacionalismo etnicista,
pero una vez más te escapas de la discusión con
la argucia de que mi tesis sirve para engordar otras tesis malvadas.
Según
afirmas, Carlos, mis "artículos navarros" (¿)
aparecen en el mismo periódico donde se publican teorías
que "alimentan un navarrismo antivasco". Supongo que
querrás decir un navarrismo "antinacionalista vasco",
que no es lo mismo, pero seguramente te habrás contagiado
de la malintencionada confusión léxica habitual.
Y dejas suponer que el espacio mismo de la publicación
determina por fuerza que mis artículos fomenten también
ese nacionalismo navarrista. Vamos a ver, porque la memoria es
flaca, sobre todo cuando los prejuicios andan cebados y rollizos.
¿Sabes
qué edad tenían los dos párrafos más
largos y principales, que reproduje textualmente, del artículo
que te da ocasión de contestarme? Nada menos que catorce
años ("Esencias navarras". Navarra Hoy, 18 de
febrero de 1988). Pues bien, en ese artículo de 1988 se
decía también: "Del mismo modo que su euskaldunidad
para el furibundo abertzale, la navarría de Navarra aparece
ante el navarrista montaraz como la evidencia misma. Navarra es
Navarra y no puede ser Euskadi, truena el señor presidente
de UPN en sentencia que hubiera firmado Parménides".
Para terminar así: "Navarra, Euskadi, España,
Monarquía, el terrible poder de estas nociones radica en
su pretendido carácter de incuestionables. Da igual quién
las haya decretado: Dios, la Naturaleza, la Historia secular o
el Pueblo (....). Para la identidad singular de los que a ellas
se aferran, la identidad colectiva que así definen suele
servir a un tiempo de cobijo y coartada. La maldición de
aquella esencia, en suma, estriba en condenarnos fatalmente a
ser lo que siempre hemos sido, en no dejarnos ser de otra manera".
Cantares
de secta
Ya
ves, Carlos: hace bastantes añitos que uno había
denunciado ese peligro. Pero no vayas a pensar que luego lo olvidé
en mis recientes colaboraciones en el Diario de Navarra. Sin ponerme
a buscar más, encuentro una del 28 y 29 de Enero de 1999
("Intolerantes por la paz") que te invito a leer. En
fin, que me he cansado de insistir en que el nacionalismo vasco
no se combate con otro nacionalismo navarro, sino sólo
con una conciencia democrática y argumentos ciudadanos.
No
dudes de que otro tanto podría demostrarte sobre mis críticas
nada "veladas" -así las calificas tú-,
sino explícitas y reincidentes, a la máxima institución
del Estado (la monarquía) o los derechos históricos
(o sea, privilegios preconstitucionales), incluidos los navarros,
recogidos en la Constitución. Lo que pasa es que el sectarismo
tan sólo vive de las creencias de la secta. Para la poblada
especie local del progre-reaccionario, yo soy tan sólo
el que arremete contra el nacionalismo vasco bajo cualquiera de
sus manifestaciones. Es impensable que sea también quien
haya arremetido durante años contra la financiación
privada de los partidos, varios documentos episcopales o papales,
la mili obligatoria, la política local sobre el aborto
o los asesinatos y exculpaciones del GAL. Para ese progre satisfecho
y perezoso, quien mantiene estas posturas críticas no puede
a la vez ser contrario a la política lingüística.
Pues mira: no sólo lo puede ser, sino que debe ser lo uno
y lo otro y exactamente desde las mismas premisas. El que ha de
dar cuenta de su brutal incoherencia, si fuera capaz y valiente,
es el partidario de esa política lingüística
-o quien la soporta sin malestar alguno- que se tiene al mismo
tiempo por ciudadano de izquierda.
Todo
depende
Pero
estoy cayendo en la trampa que me has tendido y cuya malicia como
procedimiento dialéctico es lo único que me he propuesto
aquí desvelar. Reducido a su forma más escueta,
tu alegato viene a sostener que nada hay públicamente que
decir si eso favorece al enemigo. Qué sea (o nos parezca)
verdadero o falso, justo o injusto, eso ni se plantea. ¿No
es ya una muestra de resignado cinismo venir a sostener que en
política nada cuenta como no sea el puro y descarnado interés?
¿Que, como todo se reduce a mera correlación de
fuerzas, de nada valen los argumentos y es inútil procurar
que se extienda una conciencia cívica entre las gentes?
¿Dónde ha quedado esa formación deliberativa
de la voluntad como ideal político, una tarea que la izquierda
debía abrazar incluso por razones partidistas a poco que
supiera entender cuánto le favorece?
Veamos
cómo debe ser, a tu juicio, el discurso en torno a la cosa
pública. Según parece, ese discurso sólo
será adecuado si favorece los intereses del propio partido
o de los amigos y perjudica los del adversario; será absurdo
amén de reprobable en el caso contrario. ¿Qué
es lo que hay que expresar entonces en voz alta? Muy sencillo:
basta conocer lo que dice mi enemigo o se supone que le vendría
bien, para proclamar lo opuesto; y de no ser así, entonces
lo mejor es callar. La verdad no puede ser verdad si la pronuncia
el de enfrente. Y nuestro silencio, nuestro disimulo, nuestra
media verdad o nuestra completa mentira, si no merecen llamarse
verdaderos, expresan al menos lo conveniente en cada caso, porque
es lo que nos conviene. Toda una norma para la vida en comunidad,
todo un compendio de la relación ideal entre ética
y política
Y
es ya se sabe: al enemigo, ni agua. ¿Por qué no
es bueno criticar al nacionalismo vasco? Porque tal cosa alienta
al nacionalismo navarro. Eso vale aproximadamente lo mismo que
la propuesta de dejar en paz al régimen talibán,
porque mira tú que el arrogante patrioterismo yanqui también
se las trae... Seríamos unos majaderos si no previéramos
los efectos públicos de nuestras razones; pero nos convertimos
en seres despreciables como adoptemos nuestras razones o nos deshagamos
de ellas tan sólo en función de su provecho para
mí y de su perjuicio para mi enemigo. Volviendo a nuestros
tribalismos, y aunque yo no tomara en cuenta el navarro, ¿sería
menos oportuno o cierto lo que hemos desenmascarado del vasco?;
¿es que éste mejora una pizca porque aquél
también fuera desastroso? ¿Y no podrían mostrarse
a la par las vergüenzas de uno y otro, en lo que tengan de
común en tanto que nacionalistas? Pues claro, pero en tal
caso tendrías que enfrentarte a la perversidad del nacionalismo
vasco, y a eso no pareces tan dispuesto.
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