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Retórica
ratonera
AURELIO ARTETA, catedrático de Ética Moral y Política
de la UPV
REBAJAS
DIALÉCTICAS (2)
TE
prometí el pasado sábado, Carlos, que pasaría
revista a ciertas estratagemas dialécticas que, a la hora
de hablar sobre el nacionalismo vasco, abundan tanto en tu escrito
como en la calle.
La
obsesión clasificatoria
Un
viejo procedimiento que pervierte todo debate es sembrar el descrédito
o la duda sobre el adversario. Para empezar nunca viene mal descubrir
en él intenciones aviesas o un talante predispuesto ya
a lo indebido. Y eso es pan comido en cuanto lo clasificas bajo
algún rótulo más o menos vejatorio o un "ismo"
que reduzca lo teóricamente espinoso a lo evidente. Por
ejemplo, para ti, no hay más opciones en que apoyar la
crítica antinacionalista que estas dos: o bien "sobre
la vieja águila a quien se ha dado alas y emprende sus
primeros vuelos sin rubor"; o bien sobre "un elitismo
intelectual con rasgos dogmáticos". Españolismo
(y derechismo, etc.) o elitismo. Tertium non datur.
Respecto
de la primera opción, ésa que representas bajo el
águila achacosa (es de suponer que la imperial del escudo
de España), sabes bien que no es la mía. Pero tú
la dejas caer por si cuela, porque suena bien y haría gracia
a la parroquia. A la mayoría desinformada ni se le pasa
por la cabeza que mi crítica y la de otros pueda provenir
de una concepción razonable de justicia política
o de unos postulados de izquierda. Lo he escrito a menudo: la
política nacionalista vasca perpetra una colosal injusticia
contra la ciudadanía, la doctrina que la anima es un integrismo
semirreligioso, su primer efecto es la parálisis de cualquier
proyecto socialista, su lugar natural es la derecha y, cuanto
más radical, más extrema derecha... Todo ello, con
acierto o sin él, bastantes lo hemos argumentado despacio
y por extenso, incluso con cierto lujo de razones y abundante
derroche de pedagogía. Por eso no acierto a comprender
que alguien pueda adjudicarnos "rasgos dogmáticos".
Es
dogmático quien afirma o niega sin el menor esfuerzo en
probar lo afirmado o lo negado. Dogmático aquí es
el que, sin razones, acusa al otro de dogmático. En esta
pelea el dogmatismo ha estado y está totalmente de parte
de quien se limita a proclamar o exigir supuestos derechos sin
tomarse el trabajo de ofrecer una sola razón que los funde:
por ejemplo, los llamados "derechos lingüísticos"
al vascuence de quienes no lo tienen ni como lengua materna ni
de uso. En mi experiencia en estas lides, y creo que ya va siendo
larga, ese ha sido por sistema el comportamiento dialéctico
del nacionalista. Lo entiendo bien: si yo contara con tan escasas
y débiles razones como él, si supiera que me basta
y me sobra con pulsar los sentimientos más primitivos de
los míos, tampoco me cuidaría mucho de depurar mis
palabras ni aceptaría ningún examen de lógica
elemental.
Intelectuales,
ya se sabe
Por
lo que hace al cargo de "elitismo intelectual", ¿qué
voy a decirte que no sepas o no debieras saber? Resulta difícil,
en efecto, lanzar esa acusación contra casi nadie del campo
contrario. El nacionalismo carece de intelectuales de peso en
la misma medida en que carece de un proyecto intelectualmente
defendible. ¿O no repite el lehendakari (en perfecta sintonía
con el más necio by menos demócrata) que en democracia
todas las ideas y proyectos políticos son legítimos?
Pues entonces tendrá que admitir que mi idea, pese a que
sostiene la falsedad de la suya, es tan legítima como la
suya; y, ya de paso, tendrá que concluir que en democracia
las ideas (y su discusión) están de más,
puesto que todas valen lo mismo, o sea, nada. Barbaridades que,
no obstante, en una época tan bárbara como ésta,
rinden sus frutos.
Es
tremendo lo de los intelectuales: si no intervienen, soportan
el reproche de por qué se callan; cuando por fin algunos
se lanzan a la palestra, se les acusa de elitistas, prepotentes,
ininteligibles, alejados del pueblo donde anida la verdad, etc.
Pero esto no es lo más grave. Igualitarismo envidioso,
antiintelectualismo, nihilismo moral, todo eso y mucho más
está a la base del cargo que nos lanzas. En efecto, todos
esos rasgos de la mentalidad contemporánea -anunciados
ya hace siglo y medio- forman el perfecto caldo de cultivo para
la miseria de ideas reinante, el extendido resentimiento contra
los mejores, la inversión de los valores, la equiparación
de todas las opiniones y doctrinas, el triunfo del feeling y de
los "expertos", el desprecio de la inteligencia y así
decir basta. Ni que decir tiene que es acusación de éxito
seguro entre el "pueblo". Repone su autoestima a base
de fomentar la sospecha sistemática frente a quienes se
encaraman a una tribuna y hasta se atreven a darles lecciones,
habráse visto. Eso sí, de aquí a la más
barata demagogia no va ni un paso.
Las
malas compañías
Hay
una manera fácil, aunque más falsa que Judas, de
rebatir cualquier planteamiento: mostrar las supuestas debilidades
que ofrecen ciertas manifestaciones de ese mismo planteamiento
puesto en boca de otros individuos. Y así escribes, por
ejemplo, que la crítica del nacionalismo vasco "se
sostiene sobre un batiburrillo ideológico que hace aguas
incluso en sus versiones menos azules". Tengo la impresión
de que te gusta que exista ese batiburrillo para así exculparte
de entrar en él, no sea que te manches. Fíjate de
paso en el pequeño detalle de dar por supuesto de nuevo
que contra el nacionalismo vasco sólo puede hablarse desde
una versión más o menos "azul"; es decir
(dime si traduzco mal), más o menos falangista. Lo que
puede significar sólo dos cosas: o bien desde una concepción
fascista española (que eso era el falangismo), con lo que
el boyante fascismo vasco queda de paso un tanto disculpado; o
bien, por extensión, desde otra nacionalista española.
Eso sí, me haces el favor de que la mía sea una
de las concepciones menos azules, aunque algo de fascismo y nacionalismo
español se me habrá pegado, digo yo.
Pero
a lo que íbamos, Carlos. Una posición teórica
puede ser defendida con buenos y con malos argumentos, por personas
decentes o por indeseables. Si es una posición razonable
o plausible, lo seguirá siendo aunque a veces fuera mantenida
con razones deficientes o por individuos de reputación
dudosa. Más todavía, a poco que a uno le interesara
de veras el problema mismo al que esa tesis se refiere, y mantenga
la opinión contraria, se enfrentará a los argumentos
más fuertes y no a los más débiles. Si a
uno le preocupa la verdad algo más que quedar vencedor
en la disputa a los ojos de los papanatas, entonces no aprovechará
desacreditar la tesis a base de reírse de (o introducir
sospechas sobre) quien al parecer peor la defiende. Este es justamente
tu cómodo recurso: mi reflexión sobre el nacionalismo
vasco queda a tus ojos viciada de antemano por el hecho vergonzante
de que también la sostiene, vaya por Dios, "el inquisidor
Carlos Dávila". Otra burda escapatoria para evitar
discutir las razones del señor Dávila, o las mías
o de quienes las exponen con más autoridad que uno y otro.
Y si tanto te escapas de nuestras razones, es que no estarás
muy seguro de las tuyas.
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