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Querido
Carlos:
AURELIO ARTETA, catedrático de Filosofía Moral y
Política de la UPV
SI no he contestado hasta ahora a tus regulares comentarios en
torno a mis artículos sobre el nacionalismo vasco, era
porque necesitaba un tiempo, una paciencia y, sobre todo, unos
ánimos que no tenía. También hay otra razón
básica que ya conoces: no estoy dispuesto a responder en
privado a unos mensajes acerca de reflexiones mías que
son públicas. Eso me parece hacer trampas, desvirtuar la
naturaleza de la discusión y del objeto mismo puesto a
debate. También es un síntoma de la fétida
atmósfera reinante: esa que invita al silencio y al permanente
disimulo, que a lo más anima a felicitar por lo bajo, pero
a callarse por lo alto, y en lo posible a no darse jamás
por enterado. O ignorancia, o indiferencia o miedo, y a menudo
todo junto.
El
miedo al por si acaso
Tú,
siendo profesor de lo que eres, estudiando lo que estudias y escribiendo
lo bien que escribes, ni eres un ignorante ni tienes problemas
de escritura. En esta materia te valoro por encima no ya sólo
de la media, sino de la mayoría de tus colegas. Indiferente
ya se ve que no eres. Más aún, estarás de
acuerdo conmigo en que en un régimen democrático
no importa tanto la voluntad de la mayoría, sino "la
formación discursiva de esa voluntad", es decir, una
voluntad educada en la deliberación pública. ¿Será
entonces el miedo lo que te retiene publicar sobre un asunto que
tanto te preocupa? Sospecho que sí, pero no el miedo a
represalia alguna, porque tienes garantizados unos derechos que
quizá en mi caso no estén tan asegurados; ni tampoco
el miedo a desairar a "lo políticamente correcto",
porque bien sabes que los progres a ti te aplaudirán y
se burlarán de mí. Creo que es más bien el
temor a carecer de razones lo bastante convincentes y a exponerte
a verlas rebatidas. Y, claro, a tener que desdecirte, a abandonar
la plácida equidistancia y, en suma, a quedar mal ante
los tuyos.
Has
vuelto a enviarme tus juicios críticos a propósito
de mi último artículo en este periódico ("Nacionalistas
y monárquicos, primos hermanos") aparecido un mes
atrás. Pues bien, esta vez pasaré mis reservas por
alto, me tomaré este trabajo y le echaré estos ánimos.
Ya no puedo consentir que sigas jugando a engañarte a ti
mismo, a engañar a otros y, en suma, a hacer perdurar entre
todos esta situación insoportable. Porque sabes bien que
no estamos ante un problema especulativo del que podamos prescindir
en nuestras vidas, sino ante otro de naturaleza práctica
cuyas interpretaciones, acertadas o erróneas, traen consigo
respectivamente justicia o injusticia, paz o guerra, vida o muerte.
Así que, con tu permiso (y desfigurado tu nombre y algún
otro detalle personal), contestaré a tu mensaje en estas
páginas. El lector hará el favor de creerme, que
ni pongo ni quito una sola palabra de las que textualmente te
atribuyo.
Confieso
que me cuesta entenderte. Dices de entrada: "Siento la tragedia
de la situación en que vivís una parte importante
de la población por combatir un pensamiento totalitario
y asesino. Discrepo, sin embargo de muchas opiniones...".
Esa parte importante de la población que sufre la tragedia
es aproximadamente la mitad de los habitantes de la C.A.V. y una
porción bastante menor en Navarra; sólo que, en
general, no por combatir abiertamente idea ninguna. Eso le sobreviene
tan sólo por no ser nacionalista y estar embarcada a su
pesar en una política de "construcción nacional",
o sea, de cultivo de unas señas de identidad (en especial,
una lengua) que no son las suyas ni las de la mayoría,
pero que resultan imprescindibles para contar con una nación
que pueda exigir un Estado propio. Todo eso lo sufre mucha gente
callada y resignadamente.
La
"omert
" local
Porque
los que padecemos algún disgusto por combatir a las claras
ese pensamiento totalitario (a poco que apures, del nacionalismo
vasco sin distinción) y asesino (el mal llamado "radical"
y el bien llamado "terrorista") somos muy pocos. Ponte
a contarlos, a ver cuántos te salen. Dime, por ejemplo,
cuántos profesores de tu Centro han dado la cara por esta
cuestión en los últimos años; dime cuántos
profesores de Navarra entera se han pronunciado en sus claustros
y sindicatos, en la prensa, ante la delegación o donde
puedan hacerse oír.
Fuera
ya del ramo de la enseñanza, cuya función crucial
hace aún más clamoroso su silencio, seguiríamos
así por cuantos gremios se te ocurran. Desde los médicos
a los abogados pasando por los párrocos y los electricistas,
los comerciantes y los artistas. Me da igual dónde te pongas
a mirar, que no encontrarás esa "parte importante
de la población" dispuesta a combatir. Presiento incluso
que su mutismo también es norma general en la familia,
trabajo, cuadrilla, etc., para no buscarse líos o pasar
un mal rato. En la calle, un par de veces al año y tras
algún crimen especialmente atroz, resulta más sencillo:
se encuentra uno acompañado de amigos y protegido por la
fuerza pública, todo transcurre en silencio o coreando
consignas, de modo que se nos ahorra el riesgo de enfrentamientos
y el esfuerzo de argumentar...
Eso,
claro está, en el caso de que fuera moral y civilmente
virtuoso oponerse a la justificación cotidiana de ese totalitarismo,
pues entonces a lo mejor sería también vergonzoso
-a fuerza de condescender con él- no provocar el recelo
o las iras de sus portavoces. A estas alturas no basta ya con
condenar a ETA y decir que eso de amenazar o matar está
pero que muy mal. Hay que atreverse también a comprender
a fondo y condenar abiertamente todas las falsas premisas que,
a las buenas (¿), conducen a la construcción nacional
y, a las malas, acaban en la amenaza o el asesinato. Si no, por
duro que te resulte oírlo, se mantiene alguna complicidad
con la mentira y el horror.
Amigos
hay que me encarecen no hacerme ilusiones, dado que mis planteamientos
no van a rozar lo más mínimo a los "creyentes"
en la fe nacionalista. Seguramente tienen razón, aunque
no reparan en que hace ya tiempo que no escribo para esos creyentes,
sino para las personas como esos mismos amigos o quienes en este
desdichado asunto podrían estar de mi lado. A estos últimos
se dirigen ante todo mis reflexiones, porque (si es que las aceptan)
me gustaría apuntalar o robustecer las suyas y, por tanto,
infundirles más ánimos para cuando tengan que dar
la cara. Tú eres uno de éstos, Carlos.
Malas
maneras
Pero
ya me perdonarás que no esté del todo seguro, la
verdad sea dicha, de que aquel pensamiento te parezca a todas
luces "totalitario y asesino". Unos lo combatimos con
nuestras opiniones y tú confiesas discrepar de muchas de
ellas. Y este desacuerdo, ciertamente, no te convierte en partidario
de semejante ideología; pero mucho me temo que debilite
un tanto aquellos adjetivos tan condenatorios y te prive de la
fuerza precisa para enfrentarte a ella. Para empezar, no me consta
que mandes esta especie de "correcciones fraternas"
a los que entre nosotros publican cada día las ideas contrarias.
Y sólo una vez reconoces expresamente participar de una
de mis opiniones, tal vez porque, como me dejes abierto un portillo,
a lo mejor te tomo la ciudadela...
Sea
como fuere, me propongo analizar en varios artículos sucesivos
el modo como tus opiniones se enfrentan a las mías, o sea,
discutir el cómo de lo que escribes con preferencia sobre
el qué. Creo que apenas entras en el contenido y que no
has intentado rebatir uno solo de mis argumentos. Me centraré
entonces en la forma, primero porque -viniendo de ti- los recursos
dialécticos de que te sirves me han asombrado por su torpeza;
pero después, y sobre todo, porque componen una muestra
muy representativa del ejercicio habitual de la discusión
pública en esta tierra. Ya sólo por eso merecía
la pena contestarte en público.
Que
nadie nos malentienda: el tono de tu mensaje es cortés
y hasta amistoso; no es falta de urbanidad lo que te reprocho.
Te reprocho otro género de malas maneras. Sugieres que
tu escrito te "supone un ejercicio dialéctico, tal
vez ridículo, pero práctico". Ojalá
llegue a convencerte de que es más bien un ejercicio profundamente
tramposo. Las pocas veces que sale a debate, nuestra tragedia
colectiva se nutre también de procedimientos retóricos
torcidos, escapatorias, oscuridades, trucos, insinuaciones y argucias
como las que tú acumulas en tu réplica. Bajo una
impecable apariencia, son otros tantos modos de preferir la confusión
a la claridad. O sea, de alimentar la mentira y, al final, el
horror.
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