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DESDE que la humanidad se civilizó las colectividades han
intentado encontrar procedimientos de reparación a la aflicción
injusta practicada por unos hombres contra otros. El reproche
penal ha sido y es la expresión más depurada de
la repulsa social al crimen, que añadió a la condena
una regla compensatoria material -el llamado «pretium doloris»,
el precio del dolor- que hasta tiempos muy recientes se ha considerado
que liberaba la conciencia colectiva. Hablamos, pues, de penas
y de indemnizaciones. Incluso las víctimas de los delitos
han entendido que cualquier otra reparación que fuese más
allá de esa ecuación sancionadora sobrepasaba las
posibilidades reales del Estado y de la sociedad. Pero la irrupción
de la delincuencia terrorista ha abierto una nueva sensación
de desasosiego moral. Las víctimas del terrorismo no lo
son por el designio de una dinámica humana y social históricamente
permanente, sino por otro de distinta naturaleza, más perverso,
calculado y lesivo y, desde luego, más sacrificial.
Las víctimas del terrorismo son, estrictamente consideradas,
emblemas de una convivencia que se quiere destruir, de un orden
que se pretende alterar, de unos valores que se intenta derrotar
y de los que ellas son, de una manera o de otra, representantes.
No importa a los efectos del terrorismo que el asesinado sea un
general, un guardia civil, un policía, un cargo político,
un periodista, un intelectual o un ciudadano sin relevancia pública.
La víctima para el terrorismo, sea cual fuere, es un instrumento
de opresión a la colectividad, un aspersor del miedo y
la coacción, una vía de contagio del mal de la desesperanza.
En su criminalidad valen todas las víctimas. Todas son
útiles porque en último término todas ellas
representan valores similares. Cada víctima es un golpe
general y poco les importa a los victimarios su condición
como no sea el de su carácter representativo que en una
sociedad enfrentada a esa prácticas lo tienen todas sin
excepción.
En estas circunstancias el debate de la reparación no puede
discurrir sólo a través de la fórmula sancionadora
y compensatoria, porque las víctimas del terrorismo están
cualificadas, por serlo, de vanguardia de la defensa social. Este
es el meollo de la cuestión: las víctimas del terrorismo
adquieren en sus padres, esposas, maridos, hijos, hermanos, familiares,
una legitimación activa específica que les dota
de una capacidad de interlocución pública respecto
de un conjunto de cuestiones por el que se sienten concernidas
y reclaman, tanto desde el punto moral como desde el político,
un nuevo protagonismo.
Podremos y debemos intentar fórmulas de reparación
material y moral añadidas a las que ahora se articulan;
pero serán insuficientes para satisfacer mínimamente
el enorme precio del dolor que pagan las víctimas si su
voz no se singulariza y se introduce como un instrumento más
en el concierto de las referencias públicas de nuestra
sociedad. Esa es, creo, una aproximación imprescindible
a la consideración más completa del concepto de
reparación que a tantos ciudadanos inquieta por su insuficiencia
presente.
Cuando propugno que las víctimas del terrorismo, mediante
fórmulas de asociación y organización varias,
se incorporen al conjunto de referencias colectivas no trato en
modo alguno de sugerir papeles sociales que en una democracia
están ya asignados. Me refiero a que su criterio, su punto
de vista, no se convierta en un aspecto marginal y prescindible
en determinadas decisiones y orientaciones comunes. Las víctimas
del terrorismo, a más de reclamar los derechos que les
corresponden, sufren injustamente porque soportan sobre sus espaldas
el embate contra el Estado y reviven en cada atentado su propio
calvario. Las víctimas adquieren por eso el derecho a proyectar
su sufrimiento y su experiencia sobre la convivencia para modular
comportamientos, para orientar decisiones, para contrastar iniciativas
y para denunciar las debilidades políticas, sociales, culturales
o de otra naturaleza que sean incompatibles con el respeto a su
sacrificio en beneficio común.
En el camino de la reparación, probablemente interminable,
quedan muchos perdones por proferir públicamente. De eso
habría que hablar y evito hacerlo hoy y ahora porque antes
que reclamar el arrepentimiento de algunos es preciso perfilar
los comportamientos de los que hemos tratado de enfrentarnos a
nuestra conciencia en la búsqueda del deber para con las
víctimas.
Desde la prensa, la contribución a la legitimación
social de la interlocución pública y referencial
de las víctimas no ofrece dudas: la decencia moral obliga
a que los periódicos devolvamos a las víctimas lo
que las víctimas nos han dado y les ofrezcamos aquello
que podemos ofrecer: difusión, prevalencia, notoriedad,
autoridad en sus juicios y opiniones. Se trata, en definitiva,
de traducir esa legitimación social en algo corpóreo
y que llegue, cuando deba, a ser determinante en el debate político
y social de España. Es decir: las víctimas tienen
que incorporarse más a los medios para que su testimonio
y su proyección sea un elemento constitutivo de la convivencia,
como lo han logrado en la nueva victimología penal y penitenciaria.
Para que este propósito se lleve a efecto, las víctimas
deben mantener incólume y de forma permanente su percepción
de serlo y de militar activamente en esa condición, no
por motivos viscerales, sino para que el sacrificio infinito e
irreversible de los que cayeron ignominiosamente no se diluya
en el olvido que propicia el transcurrir del tiempo. Las víctimas
son un banderín de enganche social con el poderoso imán
de su sacrificio y de su entrega, de su testimonio rotundo. Su
incrustación en la sociedad está requerido por el
viejo dicho que advierte de que aquellos que olvidan la historia
están condenados a repetirla.
Los distintos holocaustos que en el mundo han sido han ejercicio
en las sociedades contemporáneas una función docente
de extraordinaria importancia y ahora están incorporados
a la memoria histórica de los pueblos que los padecieron.
El holocausto que ha propiciado el terrorismo de ETA debe ser
recordado y debe tener sus consecuencias en la conciencia moral
de España. Más ahora cuando los terroristas parecen
menos expertos y capaces para el asesinato y se corre el riesgo
de que la distancia temporal de los actos criminales procure olvidos
precoces.
No es venganza, no es rencor. Es justicia para con las víctimas
y para con sus verdugos. Si queremos que así sea habrá
que incorporar la realidad de las víctimas a la realidad
social. Y ésta hoy, como tantas cosas, y aunque parezca
un contrasentido, tiene un característica virtual: existe
en la medida en que aparece en los medios. Tienen las víctimas
derecho a estar en ellos; tienen derecho a ser escuchados; tienen
derecho a desempeñar una función constructora y
vertebradora de una sociedad libre a la que han rendido el más
definitivo de los servicios. Tienen derecho, en fin, a que el
precio de su inmenso dolor sea también el dolor y la esperanza
de todos y a que desde las páginas de los periódicos
cumplamos con esa labor de mediación social que nos corresponde
y que debe estar al servicio de la excelencia de los que han dado
su vida por la libertad.
JOSÉ
ANTONIO ZARZALEJOS. Director de ABC
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