Del nacional-socialismo alemán al vasco (I)
Publicado en Diario de Navarra
VÍCTOR MANUEL ARBELOA

EL principio de autodeterminación con el que el presidente norteamericano Wilson buscó en Versalles (1919) resolver los conflictos centro-europeos, lo aplicó el gobierno de Hitler con gran fortuna, unos años después, en la misma Alemania, en Austria y, en relación con las minorías alemanas, en Checoslovaquia y en Polonia. Y así se hizo con el Sarre (1935), se incorporó Austria (1938), se anexionó los Sudetes (1938), ocupó Praga y, al final, casi media Polonia (1939).

Las potencias occidentales dejaron hacer. ¡Era la paz a cambio de autodeterminación!

Los asesinos, respetables

Hasta poco antes, aquel partido minúsculo, dirigido por el valiente "cabo de Bohemia", herido dos veces en la primera guerra mundial, un "don nadie en Viena", un "tenor heroico" y "maestro de oratoria histérica", que había intentado conseguir el poder en 1923, era considerado por casi todos una fuerza política marginal.

Pero esa fuerza marginal iba creciendo año tras año. En las elecciones de julio de 1932 llegó a alcanzar el 37,4 por ciento de los votos de los alemanes (13,7 millones), 230 escaños de 607. El presidente de la República, mariscal Hindemburg, con los poderes especiales que le daba el artículo 48 de la Constitución de Weimar, mal asesorado por muchos, nombró canciller (30 de enero de 1933) al que días antes descalificaba como "cabo de Bohemia". Para evitar la guerra civil, había dicho el ministro de finanzas Krosigk en el gobierno del conservador Von Papen, había que convertir al furtivo en guardabosques.

Tras la "gran coalición" de Weimar, que duró hasta 1930, los partidos de centro (liberal y católico) así como de izquierda moderada (social-demócrata) buscaron caminos distintos. Los primeros cedieron a la marea nacionalista contra el Tratado de Versalles -Frente nacionalista de Herzburg-, dentro de un ambiente social asfixiado por el creciente desempleo. Queriendo integrar a los "nazis" (NSDAP: Partido Nacional-Socialista Alemán de los Trabajadores), a fin de neutralizarlos, lo cierto es que los hicieron respetables, poderosos, y al fin únicos.

Los continuos atentados de las SA (Sturm Abteilung: sección de asalto) en casas, calles y plazas, en un clima de violencia e inseguridad general, aterrorizaron a casi todos, pero no al gobierno católico-nacionalista de Von Papen, que dejaba hacer. Nacionalistas, conservadores y católicos eran partidarios de la entrada de los nazis en el gobierno, y el mismo presidente del Zentrum, Monseñor Ludwig Kaas, elogió ante Hindemburg el nombre de Hitler para la cancillería; el peligro estaba sólo en los que le rodeaban. ¿Quién le iba a decir entonces que 800 sacerdotes católicos y 400 pastores protestantes iban a ser eliminados, unos años más tarde, sólo en el campo de concentración de Dachau, construido ya el 22 de marzo de 1933?

Las elecciones del 5 de marzo de 1933, que fueron todo menos libres, dieron al NSDAP el 43,9% de los votos, 288 escaños de los 647. Y así, en unas pocas semanas, se enterró la Constitución de Weimar "sin un funeral de Estado" y comenzó la dictadura hitleriana.

El terrorismo hitleriano

Tenía ya carácter oficial el terrorismo hitleriano, bajo la nueva bandera negra, blanca y roja, con la arcaica y solar "cruz" gamada. El nazismo era la única fuerza organizada en la Alemania de 1934, a la muerte del presidente Hindemburg, que ya no fue sustituido.

Tras el incendio del Reichstag (el Parlamento alemán), llevado a cabo por los nazis el 27 de febrero de 1933, las primeras víctimas fueron los judíos, luego los comunistas y socialistas, después los católicos del antiguo Zentrum, seguidos por los nacionalistas liberales. Quien de entre los opositores relevantes no podía huir, como lo hizo el ex canciller católico Brüning, terminaba fusilado, como el también ex canciller y prestigioso militar Von Schleicher.

Casi nadie vio a tiempo la naturaleza totalitaria, revolucionaria, etnocéntrica, excluyente y criminal, del nazismo hasta que fue demasiado tarde. Casi todos toleraron su hábil combinación de tácticas legales y métodos violentos, su capacidad de explotar todas las ventajas de una legalidad democrática demasiado tolerante y administrada por funcionarios y políticos indulgentes, cuando no miedosos, cobardes y traidores.

Los partidos centristas y democráticos, y en menor medida los demás, quedaron fascinados y pasmados por los objetivos últimos, por el patriotismo, por la fuerza del lenguaje y por la juventud de partido nazi. El Frente nacionalista, antes recordado, les parecía ahora más genuinamente alemán, más suyo propio que la Gran Coalición de Weimar. Y así fueron silenciando, comprendiendo, justificando, favoreciendo, durante unos cuantos terribles meses excesos, coacciones, vandalismos y crímenes nazis.

Se sintieron más alemanes que demócratas (y que cristianos muchos de ellos), y acabaron traicionado de la manera más infame a su germanismo, a su democracia y su fe cristiana. Temieron que una derrota demasiado severa de los hitlerianos les restara posibles y necesarios compañeros patriotas para el futuro de su "construcción nacional" alemana, de su gran Alemania, de su Reich, mucho más necesarios desde luego que judíos, socialistas y comunistas. Legitimaron así para muchos años, con su acción u omisión, con su exaltación o su silencio, los años más trágicos de Europa en los últimos tiempos, el terror como método rentable de hacer política.

Pero a Hitler y a los suyos no les bastó la cancillería, ni todo el poder absoluto después, ni la "autodeterminación" de las "minorías alemanas", ni Austria, ni Praga. Sólo la derrota final y total les venció, sin con-vencerles, y respondieron a ella con el suicidio, con la huida, con la pena de muerte o con la prisión tras pasar por un tribunal de guerra.

El lector puede comprobar por su cuenta leyendo por ejemplo los dos tomos de Ian Kershaw, Hitler (The Penguin Press, London, 2000), cuán corto me quedo en esta breve exposición sobre el progresivo ascenso del poder totalitario y criminal por medio del terror como método rentable de hacer política.

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