Publicado
en Diario de Navarra 13-3-02
VÍCTOR
MANUEL ARBELOA
DÉFICIT Esta segunda parte del artículo analiza
la situación en el País Vasco, destacando el autor
que existe un déficit democrático, pues no sólo
falta una lealtad constitucional, sino que se sufre una dictadura
y se vive en un estadio pre-democrático mientras se grita
independencia con la espalda cubierta por una banda terrorista.
EL catedrático de historia contemporánea José
Varela Ortega, en uno de sus cabales trabajos acerca del nazismo
alemán y Euskadi, cita al comienzo de su reflexión
la frase de Patxo Unzueta sobre la sociedad vasca atemorizada
y amargada, dominada por el idiotismo moral, que tolera, disculpa
y justifica el crimen; una sociedad donde se han pervertido los
valores humanos, convirtiendo lo monstruoso en normal.
Donde
ha desaparecido el Estado
De
las dos historias tan distintas, el punto de relación que
más puede interesarnos es el de la falsa y suicida tolerancia
de políticos y de largos sectores de la sociedad ante la
acometida brutal de un movimiento revolucionario y totalitario.
Varios
autores de libros publicados sobre el terrorismo vasco y sus muchos
cómplices coinciden en afirmar que en muchas partes de
Euskadi el Estado de derecho ha desaparecido, y no sólo
en su presencia visible y en sus símbolos. Pero hay que
decir el porqué. La descalificación permanente de
España y lo español no sólo ha conseguido
amedrentar a los muchos españoles-vascos y vascos-españoles,
que no se atreven a veces ni a reconocer su propia identidad,
sino que ha llegado a intentar dividir Euskadi en dos, a fin de
reducirlo un día a uno, especialmente en el terreno cultural
y educativo. La defenestración académica de Edurne
Uriarte en la Universidad del País Vasco es el último
baldón, el último caso de persecución político-cultural,
de esa limpieza étnica a plazos, como lo llama la expurgada.
En
muchos lugares de Euskadi ha desaparecido el monopolio de la violencia,
así como el monopolio fiscal, atribuciones fundamentales
del Estado de derecho en todo el mundo democrático. Bandas
de forajidos imponen la ley del terror en todas sus variantes,
y los mismos forajidos, por sí y por sus delegados, se
dedican a "exigir" lo que ellos llaman "impuesto
revolucionario" o "patriótico", una extorsión
económica o robo forzado, acompañado frecuentemente
de las más graves amenazas. Y es que cuando falta la Nación,
carece el Estado de legitimidad y de poder. Es la hora de don
Bildur de nuestro Berceo: don miedo, la "miedá".
Ante
todo eso, fuera de algunas excepciones, silencio atronador. Mucha
gente silenciosa en algunos funerales, silenciosa también
en algunas manifestaciones, y se acabó. Hablan en todo
caso las víctimas antes de ser martirizadas, y sus familiares
y amigos después del martirio, algunos políticos
e intelectuales valientes y punto. Muchos concejales no pueden
más y desaparecen para siempre. Cuando hablan algunos alcaldes
peneuvistas, como el de Bermeo, Marquina o Durango, ante atropellos
de terroristas callejeros, parecen estar más cerca de ellos
que del odiado Estado español. El dualismo maniqueo funciona
como mito y como rito. Cuando tienen que leer un comunicado de
protesta por el asesinato de algún concejal españolista
(es decir, español), se limitan a canturriar una serie
de tópicos de moral general, sin tocar siquiera la moral
concreta y sin salirse del vocabulario de madera nacionalista,
que deja intactas las múltiples responsabilidades políticas
en cada uno de los casos.
Una
violencia remunerada
Se
ha visto tarde, y muchos ni siquiera lo han visto aún,
a la banda terrorista ETA como un movimiento revolucionario lanzado
a la conquista violenta del poder totalitario, con su vanguardia
fanática, y con una retaguardia de unas 200.000 personas
en variada relación de compromiso, desde el apoyo electoral
a una complicidad diversa dentro de una microsociedad con alto
nivel de relaciones endogámicas, regida por unos lemas
reales equivalentes al Blut, Boden und Sprache (Sangre, Tierra
y Lengua) del nazismo. Sólo que -aunque casi nadie se atreva
a decirlo- a ese nazismo vasco se une aquí el leninismo-maoísmo-castrismo-polpotismo,
en versión independentista vasca. Pero es más cómodo,
por lo visto, llamarlos "fascistas", que es lo que se
lleva por complejo y por pereza mental. Han conseguido hasta que
no se les llame por su nombre propio.
No
faltan en esa microsociedad las secciones de asalto cotidiano,
convencidas de que el terrorismo podrá continuar mientras,
en vez de penalización, encuentre alguna clase de recompensa
o al menos de permisividad y comprensión. También
las S.A. hitlerianas creían que el dominio de la calle
es la llave del poder. ¿Y qué mayor recompensa que
el pasado Pacto de Estella o que la promesa de la futura independencia?
El
intento, que es el normal intento de todo Estado de derecho, de
controlar tal entramado social y político, de acabar con
las expectativas de sus seguidores y de neutralizar y superar
su "cultura" de confrontación, violencia y muerte,
ha encontrado siempre la crítica, la oposición,
cuando no la descalificación y la mofa de los llamados
"partidos nacionalistas democráticos": sean medidas
legislativas, judiciales o policiales (registros, detenciones,
ilegalizaciones, extradiciones, etc.). Ahí falta no sólo
una lealtad constitucional. Ahí hay un inmenso déficit
democrático. Euskadi no sufre sólo una dictadura,
sino que vive en un estadio pre-democrático. Recuerdo muchas
veces lo dicho por el expulsado peneuvista Emilio Guevara: Si
el PNV apostara decididamente por Estatuto, ETA sabría
que no iba a tener esperanza alguna.
Conflictos
y concesiones
El
silencio de la pobre ciudadanía temerosa suele ser también
la respuesta a las innumerables bravatas independentistas de los
políticos nacionalistas, fuera de unos pequeños
corros de políticos e intelectuales, que se lo juegan todo
cada vez. Naturalmente nadie quiere mencionar las respuestas democráticas
que reserva la Constitución ante tamaños desafíos
desestabilizadores, y pocos pierden un poco de tiempo para hacer
ver serenamente la irrealidad de esas bravatas, contradictorias
con las encuestas hechas por el mismo gobierno vasco, o la falta
de soporte histórico que tienen, la división irreparable
de la Comunidad Autónoma a la que llevan, y el sinsentido
político y económico que suponen en la Unión
Europea actual.
Al
vacío y al silencio suelen acompañar lógicamente
concesiones de todo tipo al poder nacionalista-independentista,
propias de un pensamiento blando y confuso, severo juicio que
uno de los autores citados propina al PSOE, aun antes de la cacería
de Nicolás Redondo.
Y
así el grito de independencia, bien cubierta la espalda
por una banda terrorista, seguirá sirviendo provechosamente
de enseña y de fuente de conflictos, en una exasperante
cadena de falordias, odios, silencios, mamarrucias, concesiones,
agitaciones, sangraderas y dolor múltiple.
|