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Raquel Martínez tenía 28 años y dos hijos de cuatro y cinco cuando la bomba colocada en los servicios de la cafetería Moicano acabó con la vida de su marido «Me quedé con el cielo y la tierra», resume la situación a la que hubo de enfrentarse después del atentado.
El local se encontraba en la calle Navarro Villoslada y era frecuentado por los policías que entraban o salían del cercano Gobierno Civil. El propietario, Pedro Fernández Serrano, tenía 29 años y procedía de un pueblo de Salamanca, aunque también había vivido un tiempo en Mañeru. Le habían amenazado en varias ocasiones por atender a los agentes que entraban a la cafetería, pero él continuó sirviendo a todo el mundo. El 5 de abril de 1979, los terroristas escondieron un artefacto en una cisterna de los servicios. La bomba estalló a las 23.30 horas, cuando Pedro Fernández revisaba los baños antes de cerrar. La onda expansiva le alcanzó de lleno.
Raquel Martínez, natural de Esnoz, en el valle de Erro, también trabajaba en el establecimiento, pero aquel 5 de abril, como hacía habitualmente, había subido a la vivienda para dar la cena a sus hijos. El piso se encontraba en el cuarto piso del mismo edificio. Raquel Martínez recuerda que después de acostar a los pequeños se sentó a hacer ganchillo, a la espera de que subiese su marido. Hubo un momento en el que se levantó para coger algo, y fue entonces cuando se produjo la explosión. «La bomba me levantó hacia arriba», cuenta de aquel momento. «Me eché las manos a la cabeza y exclamé en voz alta: "¡Dios mío, mi marido!". Bajé corriendo y entré al local, pero ya estaban allí algunos policías procedentes del Gobierno Civil. Oí que uno de ellos decía: "Cogedle a Raquel, cogedle a Raquel". No querían que viese el cuerpo de Pedro».
Los agentes la llevaron al portal de enfrente, desde donde vio pasar las sirenas de una ambulancia. Le dieron un tranquilizante, pero nadie le decía nada.
Fueron pasando los minutos, y los movimientos que percibía a su alrededor le hicieron intuir de algún modo el desenlace. Hubo un momento en el que se encaró con los dos agentes que le acompañaban. «Decidme que está muerto», les pidió. «Yo tenía que haber sido el muerto», le respondió uno de ellos. «Esa bomba era para mí. Por qué no habré muerto yo en vez de tu marido».
«Obligación» de madre
Desde aquel momento, Raquel Martínez sólo tuvo una «obsesión»: sacar adelante a sus hijos. Un año después del atentado le dieron un estanco y, sin ninguna experiencia previa, se colocó al otro lado del mostrador. Le atracaron varias veces y en tres ocasiones llegaron a ponerle una navaja en el cuello, pero superó ésas y otras muchas adversidades pensando en los dos pequeños que dependían para todo de ellas. Se vio obligada a «aparcar» su juventud, sus sentimientos, sus oportunidades y hasta sus lágrimas para sacarlos adelante. «Yo rezaba y me esforzaba para que fuesen buenas personas. No quería para ellos grandes carreras, sólo que fuesen trabajadores y buenos. Y así ha sido. Hay personas que dicen: ¡Qué valiente has sido! Pero yo creo que no es valentía, es la obligación de una madre».
Raquel y sus hijos han afrontado la mayor parte de los últimos 25 años en una soledad casi total, sin el menor apoyo institucional o social, sin ayudas, sin becas, sin nada. «Sólo hace diez años entramos en contacto con la Asociación de Víctimas del Terrorismo a través de José Aguilar», explica la viuda de Pedro Fernández. Las primeras reuniones a las que acudió le confortaron mucho, ya que por primera vez pudo hablar de su historia con personas que se hacían cargo de su situación. El acto de entrega de la Medalla de Oro de Navarra o el encuentro con el Príncipe Felipe también le dejaron un grato recuerdo.
Asegura Raquel Martínez que hoy sólo aspira a vivir tranquila, «con paz interior», y a ver felices a sus hijos. «Es mucho mejor funcionar así. En el estanco, me aguanto muchas veces la tristeza y las ganas de llorar e intento ser amable con los clientes». |