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menos dos generaciones de navarros y navarras han crecido bebiendo
de la cultura del beneficio asociado a mirar al otro lado en
el tema del terrorismo etarra. La receta era fácil, si
miras al otro lado, si no hablas en público... a ti no
te pasará nada. A fin de cuentas matan a policías,
guardias civiles y militares a los que pagan para eso. La mayoría
de ellos "no son de aquí" y si los han matado
pues "algo habrán hecho". El beneficio inmediato
de tal actitud estuvo claro al principio, una vida tranquila
sin complicaciones a cambio de no mirar. ¿Se preguntará
alguien dónde esta el problema? Recién comenzado
el siglo XXI es un buen momento para evaluar los costes de esa
actitud. Hace 20 años era difícil conocer personalmente
a alguien que estuviese amenazado por ETA. Era una de estas
cosas que se comentaban con los amigos de manera anecdótica
y que incluso nos hacia sentirnos más importantes en
la charla o reunión de turno. En un sitio tan pequeño
como Navarra, hoy no es difícil conocer a alguien que
sea concejal de UPN, PSOE, CDN... incluso IU. Es ese vecino
nuestro de toda la vida que durante veinte años vivió
tranquilamente mirando al otro lado aunque, eso sí, condenando
cada uno de los atentados de ETA. Quizás también
conozcamos a ese brillante estudiante de Derecho que sacó
la oposición de juez y que no tuvo muchos problemas para
conseguir destino en su tierra, Navarra. También durante
muchos años vivió tranquilamente mirando al otro
lado. Hoy todos ellos llevan escolta y no pueden vivir como
lo hacían antes. Alguien nos dirá: bueno, pues
es un costo pequeño, con no meterse en política
y no ser juez basta. Pero el costo real que hay detrás
de esto es mayor del que a primera vista parece. Los políticos,
nos gusten o no, son los encargados de gobernar y gestionar
nuestra sociedad y de representar nuestras opciones con respecto
a temas que nos afectan día a día. El costo real
asociado a esto último es el riesgo de que la mayor parte
de la población navarra se quede sin potenciales representantes
en instituciones como los ayuntamientos locales o el Parlamento
de Navarra donde se deciden asuntos que nos afectan a todos.
Y más peligroso aún, que nuestra democracia se
convierta en terrocracia. Porque tendremos una sociedad en la
que el terror sustituye a la voluntad del pueblo a la hora de
elegir a nuestros representantes. ¿Quién resolvería
nuestros problemas en una Navarra sin jueces? ¿Quién
reclamaría cuentas a quien nos robó el coche?
¿Quién juzgaría a quien intentó
violar a nuestra hija, hermana o mujer? Porque la presencia
de policías y guardias civiles esta asegurada, pero los
políticos y jueces surgen de la sociedad civil. El costo
asociado es que estamos construyendo una sociedad, que se supone
democrática, en la que se asume como normal que la posibilidad
de perder la vida forma parte intrínseca del oficio de
representar al pueblo al igual que del oficio de la justicia.
Ya lo asumimos para las fuerzas del orden público como
si se tratara del mismo riesgo que tiene un albañil.
Pero
quizás el coste más perverso y negativo en nuestra
sociedad es la banalización de la vida humana. Frases
como "han matado a un concejal, un policía o un
parlamentario" forman parte de nuestro vocabulario. Nos
han hecho borrar de nuestra mente que ese concejal, policía
o parlamentario eran personas que formaban parte de nuestra
sociedad. Nos sentimos mejor ignorando que detrás de
cada asesinato había una familia destrozada. Nos han
hecho creer que es justo pagar con la vida de otras personas
para que nosotros podamos vivir tranquilamente. Incluso nos
han hecho creer que tenemos potestad para pagar ese costo con
nuestro silencio cómplice. En definitiva, que el no rebelarse
contra unos asesinos que dicen matar en nuestro nombre es democrático.
¿Qué democracia sana es esta en la que ejercer
nuestra libertad es equivalente a arriesgar la vida? ¿Qué
sociedad es ésta en la que los que mueren para proteger
la libertad o ejerciendo la libertad son desposeídos
de la categoría de personas? ¿Qué democracia
es posible sin libertad?
En
definitiva, tras 20 años hemos pasado de mirar al otro
lado para vivir tranquilamente, a mirar al otro lado para vivir
esclavos del terror sin libertad. Mirando al otro lado, nos
estamos quedando sin otros guardianes de nuestra libertad que
nosotros mismos, y por eso mismo es a nosotros a quien corresponde
luchar por recuperarla. Porque la recuperación de nuestra
dignidad como sociedad y como miembros de la misma pasa por
recuperar nuestra libertad y la dignidad de las personas que
han muerto defendiéndola. No podemos permitir por mas
tiempo que los enemigos de la sociedad libre y democrática
intenten acabar con ella. Debemos recoger el testigo de Juan
Priede Pérez y de todos los hombres, mujeres y niños
que pagaron con su vida esa añorada libertad. Y no debemos
olvidar que mañana uno de nosotros se puede convertir
en víctima porque, cuando se pone una bomba, cualquiera
puede serlo. Sirva como ejemplo el reciente intento de atentado
en la Bolsa de Bilbao, ¿creéis que si hubiera
explotado la bomba que colocaron hubieran muerto solamente jueces,
policías y/o políticos?, seguramente no. Los "resultados"
de las bombas son impredecibles. Todos somos objetivo de ETA,
aunque indudablemente unos más que otros. Por eso, la
recuperación de nuestra libertad es el mejor regalo que
como sociedad podemos hacer a la memoria de las víctimas.
Con libertad no hay terrorismo. Con terrorismo no hay libertad.
Contra
el terrorismo. ¡Libertad Ya! (www.libertadya.org)