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Publicado en Diario de Navarra
JAVIER
ITURBE, concejal socialista del Ayuntamiento de Pamplona
EN
la reunión celebrada el pasado día 19 de febrero
entre el presidente del Gobierno de Navarra y el secretario general
del Partido Socialista de Navarra, Miguel Sanz planteaba la necesidad
de aislar política e institucionalmente a la coalición
Batasuna. Juan José Lizarbe contestaba que "aislar
política e institucionalmente a Batasuna es una vieja aspiración
de UPN para conseguir que los socialistas renuncien a hacer oposición"
y que "ya se está aislando a Batasuna, pues ni se
habla, ni se cuenta para nada con ella, ni se espera nada de ella",
preguntándose a continuación "si puede decir
lo mismo UPN y Sanz".
Aunque
yo no lo crea, es posible que tenga razón Lizarbe al percibir
el planteamiento de Sanz como una trampa para impedirle ejercer
como oposición, pero debería evitar la contradicción
en que incurre al asegurar, al mismo tiempo, que ya se está
aislando a Batasuna, puesto que sería lo mismo que decir
que ya ha caído en la trampa tendida por Sanz.
Planteamiento
Pero
dejando aparte el lapsus argumentativo del secretario general
del PSN, creo que el asunto se puede y debe plantear en otros
términos. Planteamiento que no tengo más remedio
que esbozarlo públicamente, ya que no he tenido oportunidad
de hacerlo ante los órganos de dirección de mi partido,
el PSN, antes de que éste respondiera a la propuesta del
presidente del Gobierno.
Lo
que propongo parte de la evidencia de que ningún navarro
alberga dudas acerca de que el primero y más importante
problema de la sociedad navarra es el del terrorismo, puesto que
ataca en profundidad al sistema democrático vulnerando
los derechos y libertades; sin que a estos efectos haya que distinguir,
como suele hacerse, entre terrorismo de alta y terrorismo de baja
intensidad.
Tan
ataque a los más elementales de los derechos humanos es
el asesinato de un concejal como la mutilación de un joven
militante; tan ataque a la libertad es la extorsión a un
empresario, bajo amenaza de muerte, como la recaudación
que se realiza en algunos pueblos mediante colecta voluntaria
entre tenderos y comerciantes bajo el tácito entendimiento
de que su local puede arder cualquier noche; tan ataque a la tranquilidad
ciudadana es incendiar un autobús como un contenedor de
basura; tan ataque a la pacífica convivencia es inundar
la ciudad de carteles con la cara de nuestra alcaldesa en el centro
de una diana, como las cobardes pintadas proterroristas que decoran
calles y carreteras.
Y
ante todos esos ataques, el partido que mira para otro lado, o
incluso los justifica, es Batasuna. El partido al que no afectan
ésas y otras manifestaciones del terrorismo es Batasuna.
El partido cuyos concejales no precisan llevar protección
es Batasuna. El partido que puede presentar candidaturas municipales
en todos los municipios del territorio sin temor a que sus concejales
sean asesinados o sus viviendas incendiadas es Batasuna.
Con
lo que habría que concluir que los aislados política
y socialmente somos nosotros, todos los demás; que los
que estamos recluidos en el gueto del miedo y del terror somos
los demócratas y que los que campan a sus anchas son los
terroristas, sus amigos y sus beneficiados.
Por
eso decía antes que hay que modificar el planteamiento
inicial. No es posible que Sanz y Lizarbe se pongan de acuerdo
en lo accesorio, en incrementar la seguridad de los cargos públicos
-cuestión importantísima, mas ni Eduardo Madina,
ni muchos otros atacados antes que él eran cargos públicos-,
pero no lleguen a acordar lo fundamental, que es romper el cerco
al que tiene sometidas Batasuna a sus respectivas fuerzas políticas
en el Parlamento y en muchos ayuntamientos.
Árbitros
de la situación
Cerco
consistente en que los amigos de los terroristas, por una parte,
jalean a los asesinos de los compañeros de partido de Sanz
y Lizarbe y, por otra, someten a ambos a la vejación e
indecencia de tener que aprovechar -aunque no las propicien- sus
abstenciones, sus votos positivos o negativos, según ocasiones,
para que puedan triunfar sus respectivas iniciativas en el seno
del Parlamento o de los ayuntamientos, convirtiéndose así
Batasuna no ya sólo en el árbitro de la situación,
sino en la figura principal del campo de juego democrático.
De
tal modo que en el Parlamento de Navarra las iniciativas legislativas
de Sanz pueden salir adelante frente al criterio de la oposición
democrática si Batasuna se abstiene en la votación.
Y Lizarbe puede impedir cualquier iniciativa de gobierno si a
su posición se suman, además de la oposición
democrática, los votos de Batasuna. Y lo mismo ocurre en
el Ayuntamiento de Pamplona.
Impedir
que eso suceda me parece una elemental medida de higiene democrática
que los dos principales partidos políticos navarros deben
adoptar sin más pérdida de tiempo. No es razón
que se pueda contraponer para no hacerlo la que algunos alegan
diciendo que Batasuna no debe interferir en los programas, en
las estrategias y en las posiciones que mantienen los partidos
democráticos en las instituciones.
Muy
al contrario, y tal como decía el joven socialista vizcaíno
Eduardo Madina en su último artículo publicado en
un periódico vasco, es el terrorismo "el que marca
los ritmos políticos y el que puede conseguir que un lehendakari
salga elegido, que un político sea asesinado, que un Parlamento
no legisle y que la unidad de los partidos en contra de la violencia
se disuelva en una guerra metodológica y electoralista,
no demos a los que matan capacidades políticas. No demos
a las bombas ninguna capacidad de reflexión o de teorización
sobre nada y mucho menos sobre nuevos escenarios o nuevos modelos".
Lo
primero, el acuerdo
Por
eso creo que, en Navarra, el acuerdo entre UPN y PSN debiera ser
la primera medida de aislamiento político del terrorismo
y de sus amigos en las instituciones en las que no creen. El aislamiento
social, en el que deben ser protagonistas los ciudadanos, será
de imposible consecución si éstos no perciben ideas
claras de los políticos que los representan, ni alcanzan
a comprender las razones de sus desacuerdos en un tema tan vital.
Es
verdad que ese acuerdo tendría consecuencias en UPN y PSN
sobre la forma de ejercer el gobierno y sobre el modo de realizar
la oposición que, sin la amenaza terrorista, no serían
aceptables entre adversarios políticos. Pero en una situación
en la que, como la que antes he descrito, todos los concejales
y parlamentarios deben llevar protección en su vida diaria
-situación absolutamente extraordinaria en toda Europa-,
las medidas deben ser también extraordinarias.
Tras
el asesinato del militante de UPN en Leiza, José Javier
Múgica, yo las propuse públicamente en un pleno
del Ayuntamiento de Pamplona. Todavía estoy esperando la
respuesta en el día en el que esto escribo, aniversario
del asesinato de mi compañero, el socialista alavés
Fernando Buesa.
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