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El Tribunal Constitucional dictamina que el procedimiento de ilegalización
de Batasuna es tan ajustado a la norma fundamental como que no
condenar a ETA es reforzar, implícitamente, su violencia.
La incierta mueca del tiempo ha querido que, más o menos
en concurrencia, Josu Jon Imaz sea elegido presidente del PNV
engatillado a una 'hoja de ruta' programática de identidad
soberanista e 'ibarretxista' que viste al partido nacionalista
con los apellidos del rupturismo.
Batasuna
es una célula más del entramado de ETA, especializada
en disfrazar de política asesinatos terroristas. Así
sentenció el Tribunal Supremo al ilegalizarla como asociación
política, a ella y a sus clones y replicantes. Pasa por
no ser la primera vez que alguien de la izquierda abertzale se
rebulle cuando le recuerdan que las sábanas de su cama
están manchadas de sangre de cuarenta años, porque
el asesino con quien la comparte se acuesta y se levanta cada
día con el mismo ropaje cainita. Hay personajes de la izquierda
abertzale marcados con el hierro del MLNV, la ganadería
etarra, pero también otros escaldados que, aunque igualmente
abertzales e independentistas, no pueden ya digerir el totalitarismo
de ETA. En realidad la identidad abertzale es compleja y heterogénea
e incluso dentro del mismo MLNV conviven varias personalidades
más o menos desquiciadas.
Abertzale
es un vocablo compuesto (aberri-zale), cocinado 'ad hoc' por Sabino
Arana a finalísimos del siglo XIX para designar al patriota
vasco, ése de txapela, Dios y ley vieja acronimizado en
el 'jel' del jeltzale peneuvista. Abertzales, por tanto, pueden
encontrarse en un amplio espectro ideológico que bascula
desde el menguante segmento más pragmático, autonomista
y democristiano del PNV, pasando por su reducto autodeterminista,
hasta llegar a la caverna de los irreductibles independentistas,
para salir por la izquierda encontrándonos con Aralar y
los atragantados de ETA, más allá con los independentistas
de Batasuna no violentos pero cómplices de ETA como mal
menor, los históricos de Batasuna incondicionales de ETA
como brazo asesino de la causa, hasta llegar al abismo de la doble
militancia ETA-Batasuna y, por último, a la clandestinidad
más criminal de ETA. Entre la izquierda abertzale, legal
e ilegal, y los abertzales conservadores del PNV creo que no me
dejo ninguno. En fin, la mancomunidad electoral abertzale de Otegi
y Egibar, que ETA bendice y el reciente oficialismo peneuvista
descarta. De momento.
A
mí se me hace en Batasuna un grupo de históricos
que a veces tienen dudas sobre si ETA es un mal menor o un lastre
anacrónico, pero que en todo caso han interiorizado una
serie de argumentaciones justificativas para mirar a otro lado
cuando el cadáver de una persona yace asesinado por una
bala de ETA al lado de un paraguas, bajo la lluvia. No sé
si entre los viejos batasuneros algunos alcanzan el punto de ebullición
cuando se les introduce en la misma bolsa que a los malhechores
de ETA porque abjuran del terrorismo y les sabe mal, o porque
entienden que un tribunal español como el Supremo no es
quien para ilegalizar a Batasuna, o porque en su fuero interno
están persuadidos de que ETA no es un adminículo
terrorista. Después de reflexionar, más bien presiento
que algunos tradicionales de Batasuna, al ser tratados de etarras,
se enfadan porque los llaman terroristas, al igual que se avinagran
ante idéntico denominador muchos otros de esa izquierda
abertzale mamporrera de ETA, ya sea quienes de entre ellos consideran
a la banda un grano en el rulé o un mito revolucionario.
Y, o bien es que piensan que Batasuna no es ETA, o bien que ETA
no es una banda terrorista. Tanto una demencia como la otra revelan
un abultado grado de retorcimiento de la realidad y de idiocia
de la identidad.
Ser
abertzale es equivalente a ser nacionalista vasco. No habría
mayor problema si no fuera porque, a medida que se va exacerbando
el abertzalismo en una persona, más centralidad adquiere
en su conducta y, por ende, más determina el modo de interpretar
a los demás. Dicho así, suena como si fuera una
enfermedad, aunque no es mi intención siquiera sugerirlo.
Queda claro, no obstante, que, para un extremista, el vasco verdadero
tiene que ser abertzale y los demás son vascos, pero menos.
De manera que recuperar la identidad perdida, que diría
Iñaki Perurena, se convierte en un objeto tautológico
para alimentar el sentido de la propia identidad. La melancolía
de la identidad como naturalización de la identidad, o
sea, la nada. Un abertzale moderado del PNV tendrá una
identidad menos cerrada a la asimilación del otro, no nacionalista,
que un abertzale etnicista de ETA, que contemplará como
una contaminación la presencia no ya de no vascos sino
de no abetzales en su Euskal Herria, siempre que no sea en calidad
de turistas. Por supuesto, un vasco constitucionalista es un tarado
sociológico para un abertzale de pura cepa. El nacionalismo
como «hinchazón enfermiza y devastadora de la nación»,
que diría Savater
De
la exaltación de lo abertzale viene la anulación
del vasco en tanto poseedor de otros rasgos distintivos. Lo abertzale
es lo supremo y el pueblo abertzale, el sujeto soberano de la
acción colectiva. Un riesgo añadido de desajuste
para cualquier ingrediente identitario es que ya sea excluyente
en su propia definición, y ése es precisamente el
caso con el abertzalismo aranista. Cuando la etiqueta identitaria
se define por exclusión y no por inclusión, el riesgo
es promocionar la uniformización a costa de la extinción
de la diferencia. Y la doctrina abertzale de Arana se erigió
en postulados defensivos, edificando una identidad milenaria mediante
el refrito de todos los artificios historiográficos posibles
y haciéndola descansar en una forzada diferenciación
con respecto a otra identidad de contraste, la española,
a la que se demoniza. El antiespañolismo o la demonización
del otro como fuente de la bondad de uno mismo. También
existe esa variante en un ultranacionalismo español que
sataniza lo vasco. De esta suerte, la porción del nacionalismo
vasco que ha interiorizado una versión más radical
de la identidad abertzale ha quedado fijada, como si dijéramos,
en una adolescencia identitaria. Al lado de unos pocos nacionalistas
que tanto en Euskadi como en Cataluña intentan armonizar
su derecho a la diferencia con la identidad en red propia de la
globalización, campan individuos con una inflacionista
identidad política inmadura que, como el adolescente desorientado,
buscan la supremacía del grupo y la imposición infantil
del criterio propio. Lo peor de esa obcecación impúber
es que algunos están matando por ella y otros los consideran
unos chiquillos.
ANDRÉS
MONTERO GÓMEZ /PTE. DE LA SOCIEDAD ESPAÑOLA DE PSICOLOGÍA
DE LA VIOLENCIA
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