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De
vez en cuando, el nacionalismo vasco cree encontrar paladines
de su causa en el extranjero, a los que celebra con un entusiasmo
mayor quizá del que se merecen. Así sucedió
allá por 1940, cuando el Euzkadi Buru Batzar en el exilio
redactaba el siguiente ditirambo: «Creemos en el talento
político del Führer, en su sagacidad, en su alto espíritu
de comprensión y esperamos que en el nuevo orden a establecer
en Europa y particularmente en España, el problema vasco
habrá de ser tenido en cuenta (...). Porque el problema
vasco está íntimamente ligado al problema racial
alemán, y, por lo tanto, es lógico y natural esperar
que el Führer lo acoja y lo resuelva con la mayor simpatía»
(citado por De Pablo, Mees y Rodríguez Ranz, en El péndulo
patriótico ). A esto lo llamamos en lenguaje hípico
apostar por el caballo de tres patas . Por muy semejante que les
pareciese a aquellos burukides el problema vasco y el racismo
nazi (supongo que sus herederos habrán cambiado, al menos
algunos, de opinión), los acontecimientos históricos
posteriores demostraron que no habían acertado con la persona
capaz de solventarlo competentemente. ¡Menos mal que entonces
aún no existía el premio Sabino Arana, con lo que
se evitó que el nombre del primer galardonado fuese Adolf
Hitler!
Este
primer tropezón no desanimó a los encargados de
buscar amigos forasteros que les echaran una manita internacional.
Pero tampoco estoy seguro de que las elecciones sucesivas de abogados
de la causa nacionalista, como las de Francesco Cossiga, Hebe
de Bonafini o Pete Cenarrusa, revelen un tino político
mucho mayor. En particular la del último de los citados,
ahora particularmente en candelabro (Mazagatos dixit) con motivo
de la votación en el Senado de Idaho sobre la autodeterminación
del País Vasco. Respecto a la iniciativa en sí misma,
la cosa es lo suficientemente risible como para que no haya mucho
más que decir, sobre todo después del estupendo
artículo de Txema Portillo publicado en estas mismas páginas.
Y tampoco parece demasiado interesante entretenerse en la propia
personalidad de Pete Cenarrusa, miembro del ala ultraderechista
del partido republicano y amigo de Sam Sherwood, líder
de la Asociación de Milicias Americanas, una organización
paramilitar fascista con una ideología un poco más
conservadora que el Ku Klux Klan. Por cierto ¿no habrá
algún miembro del Ku Klux Klan que hablase de pequeño
en euskera con su amona? Porque se le podría proponer para
el premio Sabino Arana del año que viene y así seguiríamos
haciendo amigos... De lo que no cabe duda es del eclecticismo
de la actividad proselitista de algunos nacionalistas, que lo
mismo predican la buena nueva ante los izquierdistas de Porto
Alegre como ante la ultraderecha de Idaho. ¡Son gente sin
prejuicios! Ya sólo queda que nos convenzan a los de aquí,
aunque eso lo tienen un poco más crudo.
Todo
esto me parece muy bien, pero ¿por qué los medios
de comunicación vascos no nos han contado algunas de estas
cosas sobre el señor Cenarrusa, para que cada cual hubiese
podido formarse una opinión más completa sobre dicho
prócer? ¿Por qué Euskal Telebista, por ejemplo,
que con tanto entusiasmo ha informado sobre el tema, no ha tenido
la bondad de aportarnos precisiones biográficas complementarias
sobre el protagonista de esa película? Después de
todo, es fácil encontrarlas: basta con acudir a BAT (Basques
Against Terror), una página web en la que aparecen sabrosos
artículos y comentarios acerca de nuestro tema preferido.
La dirección electrónica de esta página es
www.euskadilibre.com. Y esto también me hace plantearme
otra pregunta: ¿por qué será que no he encontrado
BAT en ninguna de las numerosas referencias que tienen las webs
dependientes del Gobierno vasco sobre las organizaciones vascas
de todo el mundo? Como es imposible suponer en tan digna y plural
institución al servicio de todos los ciudadanos la menor
tentación partidista, tiene que deberse a un mero descuido.
Pero
lo más chocante de todo es que en algunos medios he leído
y oído que en Idaho viven «unos veinte mil vascos».
Supongo que se refieren a ciudadanos norteamericanos, con pasaporte
y nacionalidad USA, alguno de cuyos abuelos o bisabuelos vinieron
del País Vasco hace más o menos tiempo. Luego queda
claro que se puede ser cultural o biográficamente vasco
y conservar conciencia de tal vinculación sin que ello
imponga ninguna determinación política especial
ni impida compartir la misma nacionalidad con personas de otras
procedencias, reunidas en un solo país por circunstancias
históricas. Supongo que esta forma de armónica convivencia
y de renuncia a convertir los lazos culturales en derechos políticos
no serán ventajas que pueden disfrutarse sólo en
Idaho.
Franz
Kafka cierra su primera gran novela, América , con un capitulo
formidable dedicado al Gran Circo de Oklahoma , al que convierte
en una metáfora a la vez divertida y desconsolada de los
absurdos de la vida humana. Me pregunto qué hubiera hecho
el escritor checo con esta historia tan bonita del Gran Circo
de Idaho . O sencillamente con el tema más general del
gran circo de Euskadi. Claro que, como suele decirse, si Kafka
hubiera sido vasco sería considerado un mero autor costumbrista.
(*)Publicado
en El Correo Español
FERNANDO
SAVATER/CATEDRÁTICO DE FILOSOFÍA UNIVERSIDAD COMPLUTENSE
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