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EDITORIAL
Los
presuntos etarras detenidos anteayer por la Guardia Civil han
detallado su participación en cuatro atentados, dos de
los cuales costaron la vida a Tomás Caballero, concejal
pamplonés de UPN, y a Francisco Casanova, subteniente y
vecino de Berriozar. Las armas fueron encontradas en el registro
domiciliario.
LA
detención de unos presuntos etarras, preparados para atentar,
fue anteayer noticia reconfortante para todo el que ame la libertad
-no sólo la suya, sino la de la comunidad- y sostenga que
el uso de las armas debe estar reservado a quienes, sujetos a
unas normas, defienden a la ciudadanía. Es inhumano no
alegrarse cuando los agentes del orden impiden que alguien atente
contra su semejante. Detener a un presunto terrorista no es "vía
policial", sino la única vía democrática:
los policías cumplen su función y los detenidos
pasan a manos de los jueces, que deciden. Aunque parezca mentira,
insistir en esta obviedad elemental, que debería estar
al margen de cualquier debate político, es aún causa
de discrepancia, a veces estentórea. Ya ayer alguna voz
reclamaba medidas políticas que corten la ciega leva de
nuevos terroristas. La experiencia demuestra que, además
de un soniquete, esa exigencia de medidas políticas responde
con frecuencia a la simpleza expresada por un cabecilla: sin terrorismo,
el País Vasco sería España en media hora.
Es una simpleza, porque -más aquí de utopías
abigarradas, ensueños y patrañas docentes, mal digeridas-
el terrorismo sólo ha podido durar en las circunstancias
posfranquistas y neodemocráticas de España.
Pero
en esta detención hay algo más que crímenes
no cometidos. Hay unas armas usadas en atentados mortales que
conmocionaron a los navarros y hay, según las informaciones
policiales, la confesión pormenorizada de los detenidos.
Ha sonado la hora deseada por todos los que defienden que la mejor
venganza es la ley: los detenidos comparecerán ante los
jueces y la justicia, con plenas garantías para los detenidos,
sustanciará la responsabilidad. No se trata de decir que
el que la hace, la paga, sino de que el asesinato no debe resultar
gratuito ni barato. Queda luego el perdón de las víctimas
y sus familiares. Un perdón dificultado porque los pistoleros
no suelen mostrar signos de arrepentimiento ni pesar.
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