Fanatismo y terror
VÍCTOR MANUEL ARBELOA (Diario de Navarra 26/02/2002)


HOY la guerra en los países occidentales se llama terrorismo. La dificultad de enfrentarse a ejércitos poderosísimos, la capacidad que da ya en todas partes la técnica de la destrucción y la existencia por doquier de grupos fanatizados, dispuestos a todo, hacen posible el terrorismo donde ya no es posible una guerra.

Sabemos hace tiempo que el terrorismo internacional, multinacional, global (es decir, intercomunicado e interactivado) existe, pero sin que muchos Estado, incluidos los europeos, hayan hecho gran cosa por perseguirlo. Desde ahora su actitud deberá cambiar.

Sabemos también cuáles son las madrigueras, o al menos algunas de los madrigueras de ese terrorismo internacional: Sudán, Afganistán, Irán, Pakistán, Irak, Libia, Yemen, Argelia, Corea del Norte Pero una gran parte de los Estados democráticos, incluidos los Estados Unidos, han jugado con frecuencia sus bazas mercantiles y políticas (lucha contra la antigua URSS, contra China, mercado del petróleo, defensa de viejos intereses coloniales, posiciones estratégicas ) y han potenciado o cuando menos respaldado, mantenido, tolerado regímenes monstruosos, fanáticos, capaces de todo, incluso de armarse con armas atómicas. Nada será parecido desde ahora.

Pero el terror internacional interorganizado no es todo el terror que hay en el mundo. Las potencias occidentales han aprobado y hasta apoyado otros terrores. Y todo terror une, conspira, contagia, envenena y destruye, a veces tras largo espacio de tiempo.

El terror, v.g. de los palestinos en Palestina, víctimas ellos mismos de otros terrores anteriores, no tiene hoy ni pies ni cabeza. En vez de enviar o permitir enviar niños y jóvenes a la muerte, los dirigentes palestinos debieran bajar en todo caso a la calle y tirar ellos mismos las piedras y morir ellos en vez de sus nietos. No se puede decir no a toda negociación, incluso en los mejores momentos, y luego confiarlo todo al sacrificio de los más jóvenes y al terror y hastío de unos u otros. La solidaridad del mundo árabe, por otra parte, ha resultado cien veces pura palabrería.

Pero al mismo tiempo no tiene nombre el terror del Estado israelí, que lleva años y años expulsando a miles de personas al exilio (que suele ser para muchos de ellos el campo de refugiados), confiscando tierras y bienes, destruyendo casas y pueblos enteros, asentando colonos judíos en tierras que no son suyas, matando sin juicio alguno, hiriendo, aterrando, cercando de hambre en contra de todos los Convenios de Ginebra y de innumerables Resoluciones de la ONU, con la tibieza del mundo occidental y la colaboración estrecha de los Estados Unidos de América. El terror llama, contagia, produce terror. Y sus víctimas no suelen poder responder, desde su inocencia, de ningún terror anterior.

No podemos dar no sólo "razones", que nunca las hay, pero ni siquiera pretextos, ni ocasiones, ni apariencias de justificación a ningún terrorista, a sus grupos, sus mafias, sus conexiones político-financieras, sus tramas con Estados concretos. Alguien habla en este punto de "pobres". ¡Pero resulta que los terroristas más nombrados y buscados suelen ser multimillonarios!

Pretextos y ocasiones -y en la voluntad de sus cómplices también razones- dan igualmente al terrorismo internacional quienes desde plataformas políticas, culturales, económicas, religiosas, satanizan o demonizan -palabra tan en boga entre los que no creen en demonio alguno- a los Estados Unidos de América, a la OTAN, a la Unión Europea, al Occidente, desde visiones intransigentes, extremas, sectarias, sea desde un leninismo-maoísmo marginal y fracasado, desde nacionalismos convulsos de inferioridad y de impotencia, desde feroces integrismos islámicos o desde progresismos apocalípticos cristianos, que confunden el cielo con la tierra, cuando no a Dios con sus propios ídolos. Todos ellos adoran tanto "su" perfección (utópica y generalmente totalitaria) cuanto aborrecen la libertad concreta de los todos los demás.

El fanatismo llega hasta el suicidio más cruel e inhumano, el morir matando, con próximos precedentes en los kamikazes japoneses (patriotas extremosos) de la segunda guerra mundial y en los frecuentísimos de los integristas islámicos de nuestro tiempo.

El deber de la intolerancia

Es la hora de la tolerancia cero frente al terrorismo, todo terrorismo. La hora de la intolerancia máxima contra él. Quien es tolerante con el terrorismo no sólo no es demócrata, ni siquiera persona civilizada.

Pero no me hago muchas ilusiones, ni muchas ni pocas. Lo he aprendido durante muchos años en la mismísima Europa. Quien ha sido y es tolerante, vg., con las Brigadas Rojas o con el nacionalismo terrorista etarra suele serlo con cualquier terrorismo internacional, a no ser que no coincida con sus posiciones políticas, no por otra razón, porque para esos innumerables indiferentes cuando no cómplices, carentes de cualquier moral y sentido de la justicia, cualquier causa particular, sea cual sea, está por encima de todo bien común y de toda idea y sentimiento de humanidad.

Cada uno aisladamente sabrá qué hacer en caso de peligro y en caso de terror. Pero que nadie niegue, en nombre de nada, a una comunidad nacional o internacional el derecho y el deber de acabar con los matarifes antes de que ellos vuelvan a matar, de acabar con los criminales antes de que vuelvan a imponernos sus crímenes. El presidente Aznar y otros dirigentes europeos aciertan plenamente en sus proyecciones.

Tan necesaria como el tribunal penal internacional es una fuerza armada internacional capaz de hacer imposible una dictadura en el mundo, y más aún una dictadura sangrienta como la que rige en Irak, Sudán o Afganistán. Sólo quien no se vea afectado por la violación constante de los derechos humanos puede invocarlos hipócritamente en casos como éste.

Un día defendí, ante el asombro y hasta el escándalo de algunos, el derecho a intervenir por la fuerza para evitar la tragedia de Rwanda: un millón de muertos. Muchos menos muertos exigen también otras intervenciones humanamente eficaces.

Si no estamos dispuestos a impedir estragos como éste, no derramemos una lágrima ante el excidio de Nueva York y Washington.

 



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