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JUAN PEDRO ARRAIZA, abogado
UNA de las curiosas situaciones que se plantean cuando sale a
relucir el famoso problema vasco es que, sin más análisis,
partimos o damos por supuesto que ello supone entrar en las situaciones
que se dan en Euskadi, valorar los planteamientos del Gobierno
vasco, la situación de su Parlamento, sus políticos,
etc... y efectivamente dentro de ese contexto, incluso sin citarla,
se da por supuesto que también se incluye Navarra.
Y
ello nos ocurre también a muchos navarros, sin ponernos
a pensar que la mejor forma de analizar el problema vasco, el
nacionalismo independentista, ETA, etc. es desde el ejemplo de
Navarra y no de Euskadi desde donde se sacan ya las suficientes
conclusiones como para delimitar perfectamente la realidad de
ese problema y la verdad y sinceridad de los distintos planteamientos
políticos.
Ocurre
que desde los tres partidos que hoy gobiernan Euskadi, PNV, EA
e IU, se nos repite hasta la saciedad que existe un problema político
y su solución sólo vendrá por el diálogo.
Con ello no niegan la solución policial, que admiten crítica,
vergonzante y cicateramente; al mismo tiempo pretenden sacar su
propio provecho y de paso no se enfrentan con los violentos.
Ámbito
navarro
Trasladando
la cuestión a nuestra Navarra, resulta evidente que la
Constitución se elaboró dialogando, que el amejoramiento
se aprobó tras el diálogo, los distintos convenios
económicos se renuevan dialogando, nuestras competencias
se desarrollan tras el diálogo con el correspondiente gobierno
español, e igualmente y en nuestros parlamentos y ayuntamientos,
con mayor o menor altura, con mejor o peor resultado, nuestros
políticos dialogan. Y lo mismo ocurre con nuestros sindicatos
de trabajadores y asociaciones empresariales.
Todo
ello con suficiente y general satisfacción de la sociedad
navarra, al margen que no todo merezca el aplauso y que, como
en todas las partes del mundo, existan minorías que consideren
insatisfactorio lo alcanzado. Y entre esa minoría se encuentran
los nacionalistas independentistas.
Si
ello es así y nuestra tierra se construye día a
día con el diálogo y cauces democráticos
¿por qué hay navarros que al amparo de minoritarios
planteamientos políticos alteran el orden, lesionan bienes
ajenos, aterrorizan al resto de la población y matan? ¿Y
por qué entre los aterrorizados, dañados y asesinados
se encuentran navarros que en su legítimo derecho opinan
lo que la mayoría de los navarros aprueban y ello a través
de sus estructuras democráticas y participando en el diálogo
político?
Es
evidente que el problema vasco en Navarra no se arregla con el
"diálogo" que se propugna desde el nacionalismo
a no ser que dicho término se confunda con imposición
y ello desde una minoría contra la absoluta mayoría
de navarros.
Trasladando
el problema a Euskadi, entiendo que con variantes cuantitativas,
el análisis nos lleva al mismo resultado.
La
misma Constitución, el Estatuto de Autonomía, las
competencias, el Parlamento y ayuntamientos, en definitiva, el
Estado democrático ofrece los cauces y garantiza el diálogo
a los políticos y asociaciones locales y empresariales.
Y en ese ejercicio Euskadi ha alcanzado atribuciones no sólo
nunca disfrutadas, de mayor nivel que todas las alcanzadas por
el resto de autonomías españolas y ello al margen
de la simple consideración de que ya la unidad de las tres
provincias vascas ha sido, en sí misma y en su proyección
en el tiempo, un logro histórico.
Y
no deja de ser reseñable, en esa participación y
contribución a la configuración actual de España
y en el ejercicio de ese reclamado diálogo, el hecho de
que durante este periplo ha sido el nacionalismo vasco el gobernante
-incluso en alguna ocasión no siendo la fuerza mayoritaria-
y el que en el ejercicio del diálogo pactó, bien
con el PSOE, bien con el PP en aquellos momentos en que estos
gobernaban España.
Es
por tanto una falacia el reducir a una falta de diálogo
entre los políticos la pervivencia del terrorismo, o la
falta de democracia, de hecho, en Euskadi.
Los
partidos, todos, dialogan, han dialogado y dialogarán cuanto
y cuando precisen, pues disponen de los cauces democráticos
para ello. Otro caso es que se den acuerdos entre ellos, ni tengan
por qué alcanzarlos, partiendo de las distintas opciones
políticas, y al margen de la responsabilidad que a cada
partido corresponda, en función de la gravedad y entidad
de los problemas pendientes.
Ejercer
los derechos
La
real e inexistente falta de diálogo en la sociedad de Euskadi,
al menos en un 50% estimado de sus componentes, se da en la opresión,
falta de libertad de expresión, para el ejercicio político,
para la actividad empresarial, en aquél que no es nacionalista;
y es a ese sector al que se le debe permitir dialogar, expresarse
y disponer de las condiciones esenciales para ejercitar el diálogo.
Esa
es la primera e imprescindible obligación de los tres partidos
gobernantes en Euskadi, con o sin acuerdo con la oposición:
ni más ni menos que permitir, por encima de todo, que ese
50% de la población pueda ejercer en libertad sus elementales
derechos individuales como persona. El hablar de consultas, referéndum,
autodeterminación, carece de todo contenido y resulta un
falso diálogo si a quienes se les va a pedir su criterio,
no pueden disfrutar de las condiciones de libertad que toda génesis
de opinión precisa. Quienes eso propugnan, en las condiciones
actuales de Euskadi, son unos falsos dialogantes, o dialogantes
falsos que el orden de factores no altera el producto.
La
pretensión de ese diálogo "sin condiciones",
cuando no hay condiciones para que la gente de base dialogue y
"sin hipotecas por la violencia terrorista" cuando esa
violencia, en buena medida, está detrás de mucho
de lo obtenido por Euskadi, es un engaño utilizado durante
estos últimos años por el nacionalismo vasco.
Tendencia
egoísta
El
problema es una constante histórica en el devenir de los
nacionalismos excluyentes: parten de explotar, en determinados
momentos históricos, la siempre natural tendencia egoísta
e insolidaria de los colectivos; la fomentan -sobre todo en aquellos
lugares en los que el nivel de riqueza es superior a los de su
entorno- subliminizan lo singular en detrimento de lo común
-cuando éste siempre es notoriamente de mayor calado y
entidad- y al tiempo de tal ejercicio, y de tanto mirarse el ombligo
no captan que el fanatismo surge y se les va de las manos, y tampoco
advierten que el momento histórico se les está pasando.
Y
de tal forma está pasando que a la vista de las expresiones
de agradecimiento que el nacionalismo vasco ha dado al resto de
españoles por lo obtenido en estos últimos treinta
años, estos ya no tragan, aunque queden todavía
algunos, si bien excepciones, e incongruentemente defensores de
valores de izquierda, que alientan esa exigencia de diálogo
inter-partidista, cuando a parte esencial de ese pueblo vasco
se le niega su condición de persona.
El
problema de Euskadi no está en la falta de diálogo
entre los partidos políticos, está simple pero alarmantemente
en la falta de condiciones para que la mitad de su población
pueda dialogar libremente y también en la cerril, interesada
e irresponsable actitud de quienes gobernando esa comunidad no
ponen los medios para solucionarlo, por encima de toda otra cuestión,
que en todo caso vendría después de alcanzarse la
igualdad para todas las personas de esa autonomía.
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