El nuevo exilio vasco

El acoso diario al que se ven sometidos miles de ciudadanos en Euskadi por el entorno de ETA está provocando un éxodo silencioso. - Un 15% de vascos se muestra dispuesto a irse de su tierra
Consuelo ya no está en Vitoria. Un día después de que su marido, Máximo Casado, funcionario de prisiones, fuera asesinado por ETA, ella y sus dos hijos decidieron abandonar Euskadi. Sus nombres son los últimos de una larga y silenciosa lista de hombres y mujeres que decidieron salvarse del acoso etarra poniendo tierra de por medio. Políticos, periodistas, profesores, empresarios y hasta cantantes forman parte del nuevo exilio vasco. No se han ido todos los que quisieran. Según un sondeo reciente, un 15% de los vascos está dispuesto a abandonar su tierra.

A ti, mamá, ¿por qué te acompañan siempre esos dos hombres, para que no te pase nada?
-A la tercera vez que me lo preguntó, decidí marcharme. Fue difícil, muy difícil, pero más hubiera sido contestarle a mi hija: sí, cariño, sí, para que no me maten. Ahora estoy aquí, en... qué más da dónde. Ojalá algún día pueda volver a mi tierra.

Elena Azpiroz, ex concejal del PP de San Sebastián, no sólo se marchó de Euskadi por las preguntas de su hija. También porque una mañana, mientras desayunaba, miró por la ventana de su casa y vio a dos tipos que le dieron muy mala espina. Uno de sus escoltas se acercó a ver qué tramaban y le descerrajaron un tiro en un ojo antes de darse a la fuga.

- Cada vez que me entero de un asesinato, siento un desgarro por dentro. Pienso que el muerto podría haber sido yo.

Si Elena vivió el horror en directo -vio desde su ventana caer al escolta herido, recibir la bala que iba para ella-, este hombre que se conmueve por cada crimen supo de su muerte en diferido. Se llama Francisco Probanza y era dirigente de Unidad Alavesa. Un día, sin que él se percatara de nada, un terrorista de ETA se puso delante de su coche y otro junto a la ventanilla. Un tercero esperaba muy cerca, al volante de un vehículo en marcha, preparado para huir. No lo mataron porque iban sin armas: sólo se trataba de un ensayo; de la macabra coreografía de la muerte. La policía detuvo a los terroristas antes de que volvieran con las pistolas para asesinar a Francisco, pero el ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, cogió el teléfono y le dijo sin dudar: -Vete, Fran, márchate de Euskadi.

Seis meses se lo estuvo pensando. Hasta que se fue. La mayoría de las veces no hace falta ver la silueta del asesino en la ribera del río, el croquis de la propia muerte dibujado junto a la serpiente y el hacha de ETA. Hay quien se va de Euskadi para salvar el pellejo, pero también hay quien lo hace para poder respirar en paz. Y aquí el drama particular se convierte en una auténtica aberración social. ¿Se puede llamar democrático un país del que la gente huye buscando libertad?

-No -dice el senador socialista por Álava Javier Rojo-. La gente no se va de un sitio cuando hay libertad. La gente sólo huye de las dictaduras, y éste es nuestro drama, nuestro fracaso y nuestra indignidad.

Más hartos que asustados; hastiados de una atmósfera opresiva, de un paisaje congelado que se parece demasiado al de hace dos, cinco, diez o veinte años, muchos vascos se están marchando de su tierra. "Se está yendo gente de todo tipo y condición", dice Javier Rojo, "intelectuales y trabajadores, estudiantes y también jubilados, empresarios que están creando riqueza y puestos de trabajo allí donde van". Todos huyen de un tema único -el terrorismo y su final por ahora improbable- que lo preside todo y va empobreciendo el ambiente, destruyendo el oxígeno hasta hacer imposible la respiración.

-Yo no me quería marchar, pero mi marido insistía, un día y otro.

Vámonos Ana, me decía, no te puedo ver así, tan deprimida, tan mal, hazle caso a los médicos y vámonos. Así que un día le dije que sí y nos vinimos a Galicia, al menos hasta que yo me recupere y pase el peligro. Es muy duro, ¿sabe? Mi marido no tiene trabajo, mi hijo no tiene amigos, y yo... yo lloro de rabia aquí, tan lejos, cada vez que matan a alguien.

El final de la tregua de ETA significó un golpe psicológico muy duro para Ana Crespo, concejal del PP de Ermua (Vizcaya). También para otros muchos vascos que no se sienten ya con fuerzas de volver a recorrer un camino tantas veces trillado. No se entendería si no que el 15% de los ciudadanos -según un estudio reciente de la Universidad del País Vasco- esté dispuesto a abandonar Euskadi si consiguiera un trabajo y unas condiciones de vida aceptables en otro lugar, o que ese porcentaje suba hasta el 30% en el caso de los jóvenes. No se entendería tampoco que dos de esos vascos se llamen Mikel Azurmendi y José María Portillo, viejos luchadores por las libertades, profesores universitarios, antiguos militantes de la izquierda más comprometida. Se sintieron obligados a elegir entre vivir escoltados aquí o libres muy lejos. Y acabaron por calmar su angustia poniendo un océano de por medio. "El clima", dice Azurmendi desde su refugio de Estados Unidos, "es irrespirable para los que no somos nacionalistas". Portillo, recién exiliado también en una universidad norteamericana, añade: -Es insoportable estar siempre mirando atrás.

Esa es una de las espoletas de la huida: el terror a vivir mirando atrás. Quienes se han ido admiten que no sólo lo hicieron por miedo a ETA, sino también por miedo a vivir con miedo. A adquirir el hábito de la desconfianza agachándose cada mañana para mirar los bajos del coche, recelando de las cartas sin remite, de los pasos que suenan apresurados por la espalda, del vecino del cuarto o del teléfono que se sobresalta de madrugada. Hay quien nunca se acostumbra a esa angustia cotidiana, pero tampoco está dispuesto a echarle un candado a su boca, a renunciar a sus ideas para no convertirse en blanco de los asesinos. Y entonces...

Y entonces, se va. Normalmente en silencio, poco a poco, comunicándoselo sólo a la familia y a los amigos más íntimos, disfrazando la huida como un asunto de trabajo, sin dar el portazo, por si acaso hay que volver. No hay estadísticas, pero todo el mundo sabe que más de 100.000 vascos viven en Madrid -¿cuántos regresarían a Euskadi si no existiera ETA?-, todo el mundo sabe que cada vez hay más matrículas de San Sebastián o de Bilbao en las playas catalanas, valencianas o andaluzas. Y no sólo en verano, también en invierno. Todo el mundo lo sabe. Lo sabe y calla.

-No hace mucho me crucé con una de las manifestaciones habituales que reclaman el acercamiento a Euskadi de los presos de ETA. Un vecino que me vio se acercó y me dijo: oye, José Mari, ¿a que nadie se manifiesta por que tú puedas volver?, ¿o por que vuelva la concejal de Ermua?, ¿o por que mis hijos regresen de Estados Unidos, a donde se fueron hartos de este clima irrespirable? No, le dije, nadie se ha manifestado nunca por eso.

Quien refiere la anécdota es José María Calleja, periodista y exiliado. Un título este último que cada vez ostenta gente más dispar, incluso ciudadanos que nunca se han caracterizado por una militancia pública en contra de ETA, pero que por su profesión -empresarios, abogados, jueces o fiscales, periodistas, profesores de instituto o de universidad...- son de por sí objetivos potenciales del chantaje o la amenaza terrorista.

También se están marchando hijos de padres comprometidos que no quieren pasar por la tortura diaria que vieron padecer a su familia.

-Uf, qué alivio, por fin consigo localizarle. Llevo toda la noche sin dormir. Necesito que me jure que nunca utilizará lo que le conté ayer.
-Pero si me dio su permiso...
-Sí, pero ayer hablé con mis padres y están aterrorizados. No se puede imaginar el calvario que llevamos pasado. No queremos volver a vivir lo mismo. ¿Me jura que no escribirá lo que le conté?
-Se lo juro. Si el miedo tiene voz, se parecerá bastante a la de esta profesora. No quiere aparecer aquí ni con sus datos cambiados. Sus alumnos escribieron con tiza su nombre en la pizarra; su apellido fue sustituido por la palabra "asesina". El día que cambiaron la tiza por pintura y ensuciaron con insultos el portal de su casa, ella llamó a la Ertzaintza. La policía vasca le dijo que aquello no era un delito, si acaso una falta, y que sería competencia de la policía municipal. Se sintió tan poco respaldada, tan insegura, que decidió irse de Euskadi por un tiempo. No hace mucho que ha vuelto. Por ahora, con un objetivo claro: mantener la boca cerrada. Si ese es el precio de su paz y la de su familia, está dispuesta a pagarlo, aunque le duela y sienta vergüenza. Así, y no sólo con la muerte, ETA va consiguiendo otro de sus objetivos, el exilio interior de los que no comulgan con sus ideas:

-Pero no me considere una cobarde, eh. ¿Actuaría usted de otra forma si se entera por un telediario que uno de esos alumnos acaba de ser detenido por colaboración con banda armada? Me hace mucha gracia cuando alguien califica a éstos de violentos. No, violento es un tipo que se emborracha y la paga rompiéndole la cara a su vecino. No, éstos no son violentos, éstos son terroristas; y sus bravatas no se parecen a la de un fanfarrón de pueblo. Aquí disparan con balas de verdad, así que no ponga mi nombre, ¿eh?

Esa es la clave de oro para evitar el exilio. No aparecer. No figurar ni explícita ni implícitamente en ningún frente contra ETA. Sólo así se puede disfrutar plenamente de San Sebastián, pasear por la Concha, ir de pinchos por la Parte Vieja, darle un rodeo a un cajero quemado o a un autobús ardiendo con la misma naturalidad que si se sorteara un charco.

-Un mensaje -dice Raúl Guerra Garrido, escritor y dueño de una farmacia en San Sebastián incendiada una y otra vez- que han aprendido muy bien ciertas personas muy relevantes de este país. Aquí es muy importante lo que dicen los cocineros más famosos o los futbolistas y entrenadores vascos y, sin embargo, ¿alguien los ha oído manifestarse públicamente en contra de ETA?

¿Dónde están los líderes de opinión? Quien no se moja, no tiene nada que temer: éste es el mensaje. Y está calando de tal forma que ya se puede hablar de un nuevo exilio vasco, una fuga silenciosa y en cierta forma avergonzada por haber tenido que agachar la cabeza e irse.

-Hace mucho tiempo que se está marchando gente, es un goteo incesante. Un amigo mío se jubiló y se compró una casa en Asturias para pasar algunos fines de semana. Cada vez viene menos. El otro día me dijo: ¿Tú sabes lo que es poner la televisión y no ver todo el día a Arzalluz en la ETB?

Los que se han ido y no quieren que sus nombres figuren aquí acusan al nacionalismo democrático -al PNV, dueño del Gobierno vasco desde el principio de la trayectoria autonómica- de convertirse en cómplice más voluntario que involuntario de su situación: -Nos han dejado solos - dice la profesora amenazada- como si tuviéramos culpa de lo que nos está pasando.

El hartazgo ante un nacionalismo hortera, encerrado sobre sí mismo, que utiliza al euskera como piedra arrojadiza contra el que no lo habla, anteponiéndolo incluso a la inteligencia o a la maestría para ejercer una determinada profesión, es otra de las causas que alegan los protagonistas anónimos de la nueva diáspora. Y también la impunidad con la que actúan los gamberros callejeros al servicio de los intereses de ETA. Aunque parezca extraño, dicen los afectados, es más soportable defenderse de un hipotético asesino que de sus aprendices, dedicados a meter fuego a los coches aparcados en la calle o a lanzar botellas incendiarias en la confianza de que no van a ser detenidos.

-Aquí en San Sebastián -dice el escritor Raúl Guerra- sucede una cosa que es de locos. Es imposible dejar el coche cinco minutos sin el recibo de la OTA y no ser multado. Y, en cambio, puedes quemar un autobús o una librería sin que te pase nada. Quemar una librería. El escritor dice la frase y se queda en silencio.

A la memoria viene la historia de Lagun, la librería propiedad de José Ramón Recalde, el ex consejero socialista al que ETA intentó matar el pasado 14 de septiembre y que se salvó milagrosamente a pesar de recibir un tiro en la boca. Se puede pensar que el pistolero falló, pero no es así del todo. Erró en su objetivo supremo de mandar a otro inocente a la tumba, pero no en quemar la tierra que habitaba: desde el día siguiente al atentado, la librería, un auténtico símbolo de la lucha contra Franco y contra ETA, permanece cerrada. Ni Recalde ni su esposa, María Teresa Castells, han podido tampoco regresar a su casa por motivos de seguridad. Uno y otro tienen que ir escoltados permanentemente.

El otro día vieron a María Teresa, una mujer menuda, con garra, acercarse al ambulatorio por unas medicinas para José Ramón acompañada por dos guardaespaldas. ¿Son estos motivos suficientes para irse de Euskadi o hace falta alguno más?

Al día siguiente del atentado, en un espectáculo que avergonzó a muchos vascos, la Ertzaintza cargó contra los hijos de Recalde y quienes les acompañaban en una manifestación pacífica para permitir que pasaran los simpatizantes de HB. ¿Puede ser éste quizá el motivo que faltaba?

-El cierre de Lagun es una mancha sobre la ciudad que no se borra ni con 20 kursaales [el edificio de Moneo construido en la playa de Gros].

Raúl Guerra ve los peores presagios en el cierre de la librería. También Ignacio Latierro, librero de Lagun y ex parlamentario socialista. Hace unos días, Latierro se pasó por allí para arreglar unos papeles.

-No sabemos si vamos a abrir algún día. El espectáculo era muy triste. La puerta, cerrada con llave; los libros, en penumbra; las novedades editoriales, sin desembalar; dos policías jóvenes, de paisano, vigilando.

-¿Se acuerda? Hace cuatro años le dije que a pesar de la amenaza terrorista, de la existencia de distintas opiniones, no existía una fractura social. Ahora ya no le podría decir lo mismo. La ciudad se ha llenado de sombras dobles. Gente que camina escoltada por uno, dos y hasta tres policías. Los espejos de los escaparates devuelven la figura multiplicada de mujeres y hombres que jamás volverán a pasear solos.

-Eso también influyó en mi marcha -dice Ana Crespo, la concejal de Ermua, desde su refugio en Galicia-. Me paraba a saludar a alguien y resultaba muy violento estar siempre acompañada por los escoltas. Dejé de frecuentar cafeterías, tiendas de amigas para evitar ponerlas en peligro. Me fui apartando de la gente, quedando sola por propia iniciativa. Intentaba protegerlas, no contagiarles mi miedo ni el peligro que me acechaba. El miedo de Ana no es una cuestión de psiquiatra.

A Manuel Zamarreño, el concejal del PP de Rentería, lo mataron cuando volvía de comprar el pan. Una motocicleta estalló a su paso. Por eso Ana Crespo no quiere entrar en las tiendas de las amigas, ni María San Gil, la concejal de San Sebastián, se anima a llevar a sus hijas al parque, ni este arquitecto de apenas 60 años y todos sus recuerdos en Bilbao quiere que aparezca aquí su nombre, pero desde una playa de Cádiz confiesa un gran alivio y una gran pena.

-Vendí mi casa y me di de baja en todo. Allí continúan mis hijos y yo voy a verlos de vez en cuando, pero de visita y alojado en un hotel. ¿Sabe por qué me fui? Por muchas pequeñas cosas y una última que me desquició. Un día se presentó en mi estudio un tipo con un sobre y me dijo que allí tendría que depositar el impuesto revolucionario, que ya se pasarían a recogerlo. Nunca lo hicieron. Me entró una angustia grandísima: dónde entregarlo, a quién llamar. ¿Y si pensaban que no quería pagar y le hacían algo a mi familia? No pude resistir mucho tiempo así.

 



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