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Desde que nació Elkarri, mi admirado y admirable Jonan Fernández, siempre he apreciado en su movimiento ese toque surrealista que le confiere el uso menos previsible del lenguaje; un suponer cuando en Maroño abogaron ustedes por sustituir todas las expresiones de violencia por mecanismos de diálogo. Uno, en su convencionalismo, habría escrito sustituir todos los mecanismos de violencia (coches-bomba, bombas-lapa) por expresiones de diálogo, en la creencia de que el diálogo, en sentido estricto, está más relacionado con la expresión oral que con la cosa mecánica, justo al revés de lo que decía el difunto Pirri mientras le enseñaba el manejo de una pistola en 'La reina del mate': «pero esto no es sólo la cosa mecánica. Para matar a un hombre hay que echarle un par de huevos. Es triste, pero es así la vida».
En su mejor estilo han presentado ustedes una propuesta para la elaboración de un código ético respecto de las víctimas del terrorismo a la Comisión de Derechos Humanos del Parlamento vasco, en la que tuvo asiento durante la legislatura anterior 'Josu Ternera', un dirigente de la organización victimaria, según hemos podido saber gracias a Carod Rovira, ejemplar membrillo. Parten ustedes de la necesidad de hallar una definición «lo más integradora y pacífica posible de las víctimas»: quiénes son «y por qué tipo de causas lo son».
Quieren definir un perfil sociológico de las víctimas y las causas por las que llegan a serlo, como si les hubiera contratado Tráfico para elaborar un estudio sobre las causas de la mortalidad en accidentes. Como si hubiera más de una causa, como si ETA fuera un Deus exmachina. Intentan ustedes «desvictimizarlas», vano intento. Victimizar, lo dice el diccionario, es convertir a una persona en víctima y éste es un hecho irreversible. No hay moviola, ni tiene arreglo. Quieren ustedes despolitizarlas, evitar que se vincule a las víctimas con «una idea, un proyecto o una razón política concreta». Esta me parece una propuesta tanto más sorprendente cuanto que siempre han abogado ustedes (todo el soberanismo) por la politización de sus asesinos, que son la expresión del «conflicto», así, por antonomasia.
No hay manera de desvictimizar a una víctima, salvo que seamos creyentes y esperemos al Apocalipsis para recuperarlas «con los cuerpos y almas que tuvieron». Pero es mucho esperar. Antes habría que pensar en la justicia, en una primera reparación consistente en poner a los asesinos a disposición de los tribunales, en la aplicación de los instrumentos del Estado de Derecho al terrorismo hasta su erradicación total. Sabrán ustedes que cada asesinato es un puñado de sal en la herida abierta de las víctimas. Es, como ustedes dirían, una prolongación de su victimización. Lástima que de esto no diga nada su propuesta.
Santiago González, EL CORREO, 17/2/2004
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