¡Libertad ya - Contra el Terrorismo!

Las sensaciones y el desgarro que en este momento abruman a los familiares de las 190 personas asesinadas el jueves 11 de marzo en Madrid, a los 1.500 heridos y a las decenas de miles de personas afectadas por la masacre son idénticas a las que durante treinta largos años han experimentado los familiares de las casi mil personas asesinadas por la organización terrorista ETA, los cuatro mil heridos provocados por estos criminales y los miles de personas que han visto cómo cambiaban sus vidas después de resultar afectadas por el terrorismo nacionalista vasco. Son sentimientos y certezas parejos, aunque la percepción de la sociedad sea diferente: en el caso de Madrid ha sido un espanto en forma de riada; en el caso del terrorismo nacionalista, el espanto ha sido una tortura por dosis, alargada en el tiempo. En el caso de Madrid ha habido el bálsamo de una emocionante respuesta social, humana, ciudadana, política; en el caso del terrorismo nacionalista, los crímenes se han producido con el dolor añadido de la soledad, la incomprensión, el insulto y la crítica a las víctimas hasta hace muy poco tiempo.

En esta situación de conmoción duradera, de infinita tristeza y dolor por la muerte masiva, algunos sentimos la necesidad de ver algo positivo: ojalá a partir de ahora la percepción que los ciudadanos españoles -vascos incluidos- tengan del terrorismo, de sus consecuencias, fieramente humanas y también políticas, no precise de más explicaciones. Ojalá, a partir de ahora, nadie tenga siquiera una brizna de comprensión o justificación para quienes asesinan de forma industrial, sea de golpe o por porciones. Ojalá, a partir de ahora, aquéllos que han justificado el terrorismo nacionalista se den cuenta de las dimensiones verdaderas de la muerte, porque 190 muertes de golpe no pueden hacer buenos a los que han asesinado a casi mil por entregas; más bien al contrario, deben servir para que quede clara su verdadera faz de una vez por todas y para todos. Ojalá, en fin, los que se han espantado con esta masacre ya no puedan alegar ignorancia sobre lo que es el terrorismo: muerte, dolor, sufrimiento. Lo que hemos visto en Madrid en un día, lo que hemos visto en toda España durante treinta años.

Ha sido significativo ver cómo líderes nacionalistas sostenían, en las horas inmediatas a la masacre, que se sentirían liberados -como si se quitaran una losa de encima, decían midiendo mucho sus palabras- en el caso de que ETA no resultara ser la autora de la masacre. Lo cierto es que desde Ibarretxe hasta Saramago, desde Imaz o Balza hasta gentes que siempre han apoyado a ETA, todos ellos vieron como verosímil el que ETA hubiera cometido el crimen. Digamos que el grupo terrorista tiene una acreditada trayectoria criminal, suficiente cúmulo de antecedentes penales como para que se viera factible que hubiera llevado a cabo la matanza. Esta percepción también la tuvimos otros muchos, alejados del nacionalismo, lo cual viene a corroborar que gentes muy distintas coincidimos en pensar que ETA era capaz de semejante barbarie. Sencillamente porque ya la había cometido antes, aunque no todos se hubieran dado cuenta de ello.

Malo sería que a partir de ahora los interesados en tratar de presentar a los criminales de toda la vida como bandidos buenos se salieran con la suya: si 190 asesinados han hecho ver a algunos la verdadera dimensión del terrorismo, no tienen más que imaginarse la conmoción que habrían sufrido si hubieran visto asesinadas de golpe a mil personas, las que ha asesinado el terrorismo nacionalista vasco. Ojalá los pocos que quedaban en la inopia se hayan caído, por fin, del guindo.

Conviene también dejar claro que el único responsable del atentado terrorista es, siempre, el que lo comete. Obviedad que, como otras, ha costado años dejar sentada en España y que parece que hay que volver a explicar ahora. Durante demasiado tiempo ha funcionado en nuestro país la mentirosa teoría del contexto, según la cual los crímenes de ETA han sido culpa de las víctimas, responsabilidad del franquismo, de la UCD, de los gobiernos socialistas o de Aznar; en ningún caso de los criminales de ETA, que parecían matar porque no les quedaba más remedio y asesinaban al parecer en un gesto de solidaridad bondadosa. El terrorismo nacionalista, y algunos de sus mariachis, se han empleado a fondo durante años en despejar sus culpas a corner y en hacer recaer en los asesinados, y en quienes les defendíamos, una inventada y tramposa culpabilidad. Caso extremo de maldad y caradura que, sin embargo, ha embaucado a bastantes durante demasiados años. De manera que la responsabilidad de los 190 asesinados recae exclusivamente en quienes han puesto las bombas, en quienes han organizado el crimen; como la responsabilidad de la masacre que se llevó por delante la vida de tres mil personas en las torres gemelas sólo puede ser achacada a los criminales que cometieron la matanza, o la responsabilidad de las 168 personas asesinadas en Oklahoma, en 1995, es, en exclusiva, del criminal Timothy Mc Veigh, que se declaró autor del atentado. Los asesinos siempre se adornan en su supuesta y abnegada bondad y echan la culpa a los otros, sean los otros quienes fueran. En nuestro caso hemos visto también cómo se recurría a todo tipo de artimañas para establecer la culpa en el asesinado. Lo cierto es que no hay contexto, coartada o justificación para el asesinato, y menos aún para el asesinato en masa, porque de lo contrario nadie sería culpable de nada y ya sabemos que eso no es cierto. Rodeemos de cariño a las víctimas y no nos dejemos engañar por los criminales

José María Calleja, EL DIARIO VASCO, 24/3/2004

 



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