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En el año 1980, un Policía Nacional y tres Guardias Civiles fueron asesinados en esta nuestra tierra. Sirvan las siguientes palabras de recordatorio y de homenaje.Sebastián Arroyo salía de la fábrica Igartex de Alsasua. Seguro que pensaba en sus chicos, tan trabajadores, o en algunos de sus amigos que no le gustaban. Puede que se le pasara por la cabeza el rostro de su hija, tan parecido al de Vicenta, su mujer, y se le escapara una sonrisa; quizás estaba pensando en el amigo al que le prestó dinero para pagar el recibo de la luz: ¿Quién sabe? Seguro que no imaginaba que le estaban esperando, ni que le acribillarían a balazos. Era un ocho de Enero de 1980 y tenía 55 años.
Vicenta, su mujer, contuvo sus lágrimas, recogió sus fotografías, envolvió sus recuerdos, empacó su futuro, cerró ventanas, bajó persianas y con sus cuatro hijos dio la espalda a sus ilusiones, a los planes que tenía con su compañero, al pasado. No volvió la cabeza y, como el poeta, nunca volvió a Alsasua.
Le quedaban largas y solitarias noches de lágrimas y cuatro hijos como cuatro soles. Nunca lloró delante de ellos.
Cuando dejó el pueblo, por la puerta de atrás, se prometió olvidar todo aquel horror; hoy es el día en que no ha perdonado.
Le habían prometido mucho y todo se quedó en buenas palabras. Bien es verdad que hubo gente del pueblo que le ofreció ayuda; pero aceptarla hubiese supuesto ponerles en el punto de mira.
Ángel Postigo Megías nació el día 29 de Febrero de 1955 en la Línea de la Concepción. Conoció a Manoli en Villava y se casaron un 4 de Julio de 1974; a los nueve meses nació su hijo David.
Decidió hacerse policía con 26 años; tenía que sacar adelante a su familia, a ese niño de cinco abriles que corría hacia sus brazos al volver a casa.
Unos meses de academia y Pamplona como destino: un trabajo nuevo, una vida nueva, grandes ilusiones, un futuro seguro y una nueva oportunidad.
Era un 15 de Junio de 1980 y el día venía cargado de esperanza; una visita a la abuela y después, con Manoli, iría a ver un piso para alquilar.
No muy lejos del portal y frente al bar El Porrón, una adicta a la muerte esperaba su dosis, no le temblaba el pulso, no le gritaba su conciencia, sólo ansiaba su ración: el tiro en la nuca.
Resulta difícil olvidar el charco que dejó su sangre, la policía tomando posiciones, el silencio y el estupor de los vecinos. Algunos, de niños, habíamos jugado mil veces en el mismo sitio donde ese hombre joven yacía muerto.
Francisco Puig Mestre y Francisco Ramón Ruiz Hernández, además del nombre, compartían destino, cuartel y, ese día, cena.
Entre bromas, el cabo, Ramón Ruiz, llamaba a su compañero Patxi por aquello de que no les confundieran; mientras, daban buena cuenta de lo que les habían servido en el bar Huici de Goizueta.
Los asesinos, encapuchados, entraron por la cocina y dispararon sobre ellos varias ráfagas de metralleta. La hija del dueño, por entonces una niña, fue testigo de todo.
El día anterior, la madre de Fco. Puig Mestre, Patxi, había llorado de pena; los terroristas habían matado a cuatro personas y ella temía por su hijo. En un mes lo tendría ya en casa con destino definitivo y no veía la hora de que llegara ese día.
Adela, la hermana, estaba muy unida a él; a las hermanas mayores siempre les toca cuidar de los pequeños y eso marca para toda la vida porque siempre tienes en la cabeza todas las pifias que te ha hecho el enano.
Dice Adela que su hermano era hombre de pocas palabras, de tan pocas que no les había dicho nada de su novia.
Nos cuenta que a las nueve de la noche él estaba cenando con un amigo y a las siete de la tarde del día siguiente su familia lo enterraba. No les dio tiempo ni de cambiarse de ropa. La última imagen que tiene de aquello es el ataúd de su hermano rodeado de cientos de flores blancas.
De Fco. Ramón Ruiz Hernández dice su mujer que era alegre, optimista, cariñoso, familiar; a su lado no había pena, que era maravilloso... Qué suerte que hablen de uno así.
Ramón pertenecía al cuerpo de la Guardia Civil por tradición familiar. Su primer destino fue Valencia donde vivieron años felices; marchó a Madrid a hacer un curso para cabo. Todos los viernes hacia la maleta y corría a ver a su familia. Entonces tenían sólo una niña, y, claro, los estudios se resintieron y sus notas no fueron muy boyantes: le tocó Goizueta.
Cuando Rosario quedó embarazada de su segundo hijo, la niña iba a la guardería del pueblo y le cantaba canciones en vasco a su padre cuando éste la tenía sobre sus rodillas.
Ella tenía miedo y él la llamaba tonta. «No me va a pasar nada», le decía.
Se acercaba el momento del parto y ella volvió a Málaga para que le cuidara su familia. Tuvieron un chico, orgullo y placer de sus padres.
- «Ramón, no vengas, que pronto iré yo con los niños».
- «Niña, que yo no espero, mañana voy».
Quince días después del nacimiento de su hijo, el dieciséis de Mayo de 1980, asesinaron a Ramón mientras cenaba con un amigo.
Para poder contarles todo esto, tuvimos que hacer muchas llamadas que supusieron cuatro desgarradores relatos, pero para las familias no fueron otra cosa que volver a vivir aquellos quebrantos.
Además del asesinato de sus compañeros e hijo, hay cuatro mujeres que, además de la soledad y la impotencia, tienen en común la tristeza.
La madre de Francisco murió de pena, y las tres viudas llevan veinticinco años de dolor. Un dolor que, a veces, las ha sumido en una depresión profunda.
Todas ellas llevan veinticinco años con ayuda médica.
Veinticinco años tomando antidepresivos.
Veinticinco años.
Libertad Ya |