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Cómplices
ESTÁ claro que "quien no es capaz de resistir, siquiera
moralmente, el acoso de los violentos, tiende a asociarse a ellos",
escribía hace años, reviviendo una profunda ley
de psicología social Patxo Unzueta. Si sustituimos violentos
por terroristas, la cosa parece más clara aún.
Y no sólo no resisten muchos llamados pacifistas y progresistas
del acoso del terrorismo en todos los frentes, sino que de continuo,
con sus palabras y silencios, sus compromisos y sus dejaciones,
sus omisiones y sumisiones, no hacen otra cosa que asociarse cada
día más a los repartidores del terror. A esos portaestandartes
fanáticos y premodernos del odio al sistema liberal-democrático
y al mismo tiempo inseguros y enrabiados reivindicadores a sangre
y fuego de una patria robada que nunca existió. A quienes
hacen lo que pueden 014matar, herir, extorsionar, desterrar, amenazar014
para que exista el "conflicto vasco", que sin ellos
no existiría sino como un problema política normal,
y que otros tenidos por más "moderados" aprovechan
para hacer de ese fantasma una causa "política"
compartida. ¿Cómo va a esperar Arzallus a que desaparezca
ETA para plantear el órdago de la autodeterminación-independencia?
Pacifistas y progresistas abstractos predican a todas horas la
"paz" a cualquier precio, o a cierto precio. Pero siempre
es el precio que imponen y cobran los terroristas y sus representantes
políticos, los hacheviques, los bataviques de todo género,
con alguna excepción, como acabamos gustosamente de ver.
Quienes se llaman una y otra vez "apolíticos"
o "antipolíticos" están, mira por dónde,
a lo que digan los políticos que más miedo meten
y dan, a los políticos que asustan, aterrorizan y envilecen.
Como no quieren saber, teóricamente, nada de fines, o están
de acuerdo con ellos, hablan estos "apolíticos"
sólo de medios: diálogo, negociación, mesas,
conferencias, euskara, vuelta de "presos", amnistías...
como si se tratase de un problema económico-social de un
país miserable y anárquico del tercer mundo, o de
un Ulster esquilmado hace siglos por los "landlords"
presbiterianos. Otros quieren resolverlo todo en su conciencia,
en silencio, sin atreverse a dar su juicio público sobre
los fines últimos del terrorismo, que arrastran implacablemente
a los medios, y que van más allá de la independencia:
la conquista de todo el poder.
Su lenguaje los traiciona y al mismo los define y los forja. No
dicen terrorismo sino "violencia"; nunca España,
sino "Estado"; al Gobierno de España "gobierno
central"; al chantaje llaman "diálogo";
a la construcción nacional llaman "paz"; nunca
presos condenados por terrorismo sino "presos vascos";
a las aspiraciones o deseos propios llaman "derechos";
a la sociedad vasca, tan plural, llaman "pueblo" en
el sentido étnico, y pueblo unido y compacto (por lo visto,
en el nacionalismo independentista), etc. etc.
Para colmo se llaman tolerantes, moderados, dialogantes, normales
ciudadanos... cuando son tantas veces indiferentes, relativistas,
insensibles, interesados o miedosos, por no decir cobardes sin
más. Haciendo el caldo gordo o la sopa espesa a los intolerantes
extremistas y mortíferos que quieren acabar con cualquier
tolerancia, respeto y libertad.
Cómplices.
Víctor
Manuel Arbeloa
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