¡Libertad ya - Contra el Terrorismo!

María Elena Sanz Biurrun recuerda perfectamente la escena que se produjo en la capilla ardiente de su hermano. El féretro se había instalado en el salón del trono del Gobierno Civil (la actual Delegación del Gobierno). Lo velaban algunos de sus compañeros del Cuerpo Superior de Policía y también se encontraban allí algunos amigos y familiares. De pronto entró a la sala un hombre de aspecto desaliñado, probablemente un delincuente habitual. Se abrazó conmovido al ataúd y exclamó: «¡Tú eras como mi padre!».
La aparición quebró la solemnidad del acto, pero no extrañó demasiado a los presentes: todos conocían el cariño que profesaban al agente asesinado unas horas antes los habituales de los calabozos policiales. «Durante años, siempre tuvo flores en el cementerio», añade otro detalle su hermana Paquita. «Se las llevaban los gitanos».

Las dos anécdotas revelan el talante de una persona que se trabajó con entusiasmo por hacer más segura la vida de sus vecinos. «Nosotras estábamos orgullosísimas de él», cuentan sus dos hermanas, la familia más directa del difunto desde que en 1992 murió su esposa, Teresa Ilarregui, a causa de una enfermedad. El matrimonio no había tenido hijos.

El miedo a un atentado

La familia procedía de Guenduláin, un antiguo señorío de la cendea de Galar donde los padres de los tres hermanos Sanz Biurrun trabajaron como jornaleros. Fue allí donde Carlos conoció a un policía de Astráin que acabó contagiándole su entusiasmo por el trabajo. Durante dos años se desplazó diariamente a Pamplona para preparar el ingreso en el cuerpo. Ya convertido en policía, acabó siendo el responsable de la Brigada de Policía Judicial. Cuando le asesinaron le quedaban dos meses para acceder al puesto de comisario.

Paquita y María Elena recuerdan la inquietud creciente que fue extendiendo en el seno de la familia la actividad terrorista de ETA. «Cada vez que yo oía en la televisión que acababan de matar a una persona, pensaba: "Que no digan Carlos, que no digan Carlos!"», cuenta María Elena de aquellos años de continuos crímenes. A su hermano lo intentaron asesinar por primera vez el 29 de julio, pero no lo encontraron en casa. El 8 de octubre de 1979, cuando acababa de aparcar el coche en la Bajada del Labrit, un terrorista lo acribilló a tiros.

El funeral y el entierro fueron multitudinarios, pero después llegó la soledad, un abandono de años que sólo ha dejado paso al reconocimiento de las instituciones y al afecto de la sociedad en fechas recientes.

 



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