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DOY
por seguro que a la mayoría de quienes acudimos la tarde
del sábado a Etxarri-Aranaz nos movía alguna conciencia
de culpa. Imaginábamos a las familias Ulayar y Berlanga
casi tan dolidas por el asesinato de los suyos como por la indiferencia
colectiva que los volvió a asesinar o al menos a enterrar
en el olvido. El recuerdo de aquellas víctimas de ETA era
también el recuerdo avergonzado de un silencio nuestro
que ha durado demasiados años. Pues bien, estuviéramos
allí cuantos estuviéramos, todavía fuimos
muy pocos.Los primeros que faltaron, porque andaban escondidos,
fueron tantos vecinos del mismo Etxarri. Este pueblo, como Leiza
hace poco, se convirtió el otro día en metáfora
de esa tragedia que bastantes aún no quieren mirar de frente.
El espectáculo de ventanas, balcones y bares cerrados al
paso de la comitiva mostraba a las claras la derrota moral que
se vive en esa tierra. Allí muchos no quieren ver, pero
es para no dejarse ver; ni tampoco aprender, quizá porque
les abriría los ojos. Lo cierto es que una sociedad llamada
democrática alberga guetos donde reina la tiranía;
la libertad de palabra y de acción quedan en suspenso en
estos lugares en que se baja la cabeza ante los matones y se instala
la servidumbre cotidiana. Parece, con todo, que algunos etxarriarras
comienzan a despertar y otros acabarán pronto despertando.
Seguirán teniendo miedo, naturalmente, pero se habrán
librado de la cobardía.
La
valentía es la primera virtud política, por ser
condición de la libertad pública. No hay ciudadanía
como nos falte el coraje de pedir la palabra y de enfrentarnos
al que nos la quita. Ni tampoco la hay si tememos disentir en
alta voz de los que vociferan la barbarie y defender a quienes
son perseguidos por los bárbaros. Sin esa capacidad colectiva
ese lugar ostentará el carácter administrativo de
cendea, pueblo o ciudad, pero no merece llamarse democrático.
Para procurar la vida buena de sus habitantes, de poco valen la
historia de las presuntas glorias de sus antepasados, el canto
a la belleza de su música y paisaje o la alabanza de costumbres
pastoriles más o menos perdidas. Pueden rogar por ella
los fieles agrupados en la iglesia, pero esa libertad sólo
se conquista en la plaza pública, que es donde se reúnen
los ciudadanos.
Pacifistas,
pero menos
Tampoco
se vio por allí a los de Elkarrri. Entretenidos como estaban
preparando su manifestación a la misma hora en Pamplona,
probablemente la cita se les pasó por alto. ¿Hubieran
acudido de no darse tal coincidencia?; seguro que no. La rama
pacifista del nacionalismo vasco no puede celebrar a las víctimas
de verdad porque eso supone, junto a desenmascarar a las víctimas
de mentira, condenar sin circunloquios a sus victimarios y a la
ideología que los nutre. Sería exigir demasiado
de quienes desearían estar un poco con los unos sin dejar
de estar otro poco con los otros.
Deprime
comprobar una vez más el campo abonado que entre nosotros
tienen las prédicas más melifluas, la disposición
de las gentes a dejarse engañar con palabras huecas. Elkarri
se apresta a defender los derechos «de todas las personas»,
eso sí, una vez que han definido ciertas infundadas demandas
como si fueran incuestionables derechos. O, lo que es igual, sin
percibir que los supuestos derechos de unos pocos atentan contra
los derechos reales de muchos más. Suena bien eso de promover
la diversidad lingüística y política, pero
convendría señalar dónde se halla el malvado
enemigo que las impide. Uno sospecha que unos cuantos «problemas
de convivencia interna» todavía irresueltos en nuestra
comunidad resultan más bien problemas que esta asociación
pacifista enciende al tiempo que diagnostica para perdurar en
su subvencionada existencia. En el peor de los casos, nada que
deba convocar a un «diálogo social y político»
extraordinario; cuánto menos un diálogo «sin
exclusiones». Y es que nos va la libertad en excluir a quienes
nos excluyen, es decir, a quienes incluyen en ese diálogo
milagroso a los colegas de los asesinos.
No
cabe esperar que se acerquen a las víctimas los que propugnan
un vínculo de «cooperación estable»
entre Navarra y la Comunidad Autónoma Vasca. Los sucesivos
gobiernos nacionalistas de esta última Comunidad han voceado
desde sus creencias etnicistas que, como formamos una unidad cultural,
debemos constituir asimismo una unidad política. Si la
premisa se antoja cuando menos dudosa, por referirse a poblaciones
muy plurales, la conclusión es radicalmente indebida, porque
la comunidad civil ni debe ni puede hoy fundarse en la identitaria.
De modo que, antes de «consultarse la opinión de
los ciudadanos sobre el marco de convivencia», sería
bueno educar la opinión de los ciudadanos con reflexiones
democráticas. Y todo eso ¿qué tiene que ver
con las víctimas? Pues que son los falsificadores de la
realidad y los fanáticos de aquellas primitivas creencias,
y gracias a esa falsificación y a esas creencias, los que
han contribuido a hacerlas víctimas; ¿les parece
poco? Es inusitado querer la paz a base de mantener los mismos
presupuestos que han traído la guerra.
La
izquierda inefable
Faltaba,
en fin, nuestra sedicente izquierda (y Alli), que prefirió
desfilar en Pamplona tras la pancarta de Elkarri o dar su apoyo
a aquellas intachables consignas. Que desfilen juntos los nacionalistas
entraba en el guión dictado por sus comunes doctrinas y
objetivos. Pero que Izquierda Unida y dirigentes del PSN y del
CDN no acudieran a Etxarri, y se quedaran con Elkarri, desmoraliza
no ya sólo a las víctimas, sino a todo el que aún
confíe en el progreso político y moral de nuestra
comunidad.
Esa
autocalificada izquierda (y Alli), encantada de haberse conocido
y resuelta a desconocer todo lo demás, persiste en su vieja
confusión ante el nacionalismo. Y, al confundirse, confunden
también a la ciudadanía y dañan a fondo la
conciencia colectiva. ¡Ah!, pero es que en Etxarri estaba
la plana mayor de UPN y del Gobierno, y el primer mandamiento
del sectario es que no hay que dar armas al enemigo por honesta
que fuere la causa de ese enemigo. Los de Libertad Ya, que nos
proponemos ir a la pelota y no al hombre, preferimos seguir el
consejo de aquel otro: «...no te preocupes demasiado por
quiénes son tus amigos o por qué compañía
tienes. Cualquier causa digna de batirse por ella atraerá
a cantidad de gente». Cuanto antes se den cuenta, mejor
para casi todos.
Mejor
para sus propios intereses electorales, y por ello para los que
esperan de la izquierda una política social más
distributiva en lugar de entretenernos con señuelos como
la «identidad» y otras zarandajas. Mejor también
para la mayoría, dado que la unidad de derecha e izquierda
en este punto despejaría el miedo de bastantes y traería
una paz nacida de razones compartidas y no de vergonzantes concesiones.
Y será mejor, por último, para nuestras víctimas,
hacia quienes tenemos una obligación institucional por
encima de la personal. Pues las víctimas, cuyos parientes
no fueron sacrificados por pertenecer a tal o cual partido sino
porque así lo exigió una causa inicua, sabrían
entonces por fin que su inconsolable dolor personal no ha sido
además políticamente estéril.
Aurelio
Arteta, catedrático de Filosofía Moral y Política
de la UPV
Diario
de Navarra 30/0/2004
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