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En la vida olvidarán el padre y la viuda del subteniente Francisco Casanova este juicio que vivieron ayer por la mañana en la Audiencia Nacional de Madrid contra los etarras acusados del asesinato de su hijo y esposo. Tampoco lo olvidarán todos cuantos desde Pamplona, y también de Madrid, acudieron a arroparles a la sala de audiencias, sobre todo, Ana y María Caballero, las hijas del concejal que cayó abatido por estos mismos etarras.

La descarga encolerizada y desesperada de patadas que el acusado Miguel Javier Ayensa Laborda propinó, completamente fuera de sí, ayer contra los cristales blindados de la jaula de la sala de audiencias dio la medida de cuánto han cambiado las cosas a partir de la noticia de ayer sobre el descabezamiento de ETA. En esas patadas pesaba ya la furia de la derrota de la banda terrorista.

«En el juicio contra nuestro padre», comentaron las hermanas Caballero, «estos mismos etarras se mostraron arrogantes, desafiantes con la mirada, hacia mi hermano que actuaba de defensor de la familia en el juicio y hacia nosotros y cuantos nos acompañaron entonces. Míralos ahora, fuera de sí, sin atreverse a levantar la vista hacia donde se encontraban los familiares. Hace apenas año y medio se celebró aquel juicio pero ahora todo es distinto gracias a las noticias».

Sin dormir

Fue uno de los momentos más intensos del juicio y se produjo prácticamente cuando acababan de sentarse los treinta ocupantes del autobús que ayer, a la una de la madrugada, dejó Pamplona para venir a Madrid. De entrada, un comentario unánime de los viajeros.

«No hay derecho a lo que nos ha pasado, creemos que en la Audiencia deberían tener más sensibilidad hacia las víctimas. Después de que venimos sólo para el juicio, de que salimos de madrugada, que pasamos toda la noche de viaje, que aterrizamos tempranísimo en las puertas de la Audiencia y aguantamos aquí esperando más de dos horas para poder entrar, resulta que nos hacen pasar en el último momento y que, entre trámites y gaitas, llegamos al juicio cuando ya ha empezado».

Ese mismo comentario unánime se refería también a «una acústica que no te permite enterarte de casi nada...».

Aporreo de cristales

Así fue. La mayoría entró a la sala ya cuando el primer etarra, el pamplonés Alberto Viedma Morillas, aporreaba el cristal con los puños para que le sacaran del habitáculo.

Unas voces de mujeres entre el público comenzaron a increpar: «asesinos, asesinos», pero los demás las acallaron prudentemente.

Cuando Miguel Javier Ayensa se quedó solo en la jaula y fue nombrado por el juez no soportó aquella soledad y quiso que le sacaran enseguida. «Con grilletes deberían atarte ahí», se oyó una voz entre el público, y como si la hubiera oído fue entonces cuando el etarra fue soltando patada tras patada contra el cristal completamente crispado.

El padre del subteniente asesinado, Francisco Casanova, jubilado de Renfe, tostado por el sol del huerto que cada día se entretiene en cultivar, le miraba encogido y perplejo desde la primera fila agarrándose a su nuera. Luego, diría: «esto es más de lo que nunca creí poder soportar». Ayensa era el asesino de su único hijo pero Francisco Casanova no se abatió y aguantó silencioso y sereno hasta el final. Solo el temblor de sus manos delataba lo que debía estar viviendo por dentro.

Revisión de los hechos

Porque, luego, vino lo peor, la revisión de los hechos, y aunque la acústica de la sala realmente no permitía seguir enteramente el hilo de las declaraciones de los testigos, las preguntas del fiscal, las de los abogados de la familia, sí que fue llegando a ellos deslabazadamente la secuencia de lo ocurrido aquellos días de agosto, los intentos fallidos de asesinato, el cerco a la víctima, los disparos, la sangre, la descripción de las heridas, las declaraciones de los asesinos, la huida, las armas...

«Si he podido soportar todo esto», dijo después la viuda del subteniente Casanova, «ha sido gracias a toda la gente que me ha apoyado. Anoche, cuando vi a tantos amigos, tanta gente en el autobús, me dio mucho valor. Y luego están mis hijos que son hoy la razón de mi vida. El mayor tiene ya 17 años y le contaré lo que hemos vivido cuando vuelva. A la pequeña, no; tiene sólo diez años y cuando ocurrió el asesinato de su padre procuramos mantenerla alejada de todo».

El valor de la compañía

En el autobús que salió de madrugada de Pamplona venían 30 personas del movimiento Libertad Ya. De una manera u otra, todos estaban ligados con Francisco Casanova, como Maribel Vals y Ana Tellechea, que tantas jotas compartieron con él en Berriozar y que ahora reviven en el concurso que cada año en su honor organiza su asociación de vecinos o en la misa jotera que cada 9 de agosto el pueblo vive en su recuerdo.

Desde Berriozar vino también su alcalde, el socialista Benito Ríos, acompañado de concejales de su ayuntamiento pertenecientes a todo el arco iris político apiñados codo con codo contra el terrorismo, como Sergio Sayas de UPN, como Juan Antonio Ruiz, del CDN, como José Antonio Navidad, también del PSN.

«No os podéis imaginar cómo ha cambiado el pueblo», decía su alcalde, «hasta qué punto este acontecimiento ha servido para que nos sintamos todos unidos».

Amigo y vecino de los padres del subteniente es también otro de los acompañantes del autobús, el socialista Javier Sanz Carramiñana, alcalde de Castejón, pueblo en el que hoy vive la viuda y los hijos de la víctima. Varios vecinos de ambas localidades se sumaron también al viaje.

Víctimas del terrorismo

Y también gente de otras mugas, porque algunos de los viajeros que ayer acompañaron a Rosalía Sainz tenían motivaciones mucho más personales para sumarse al viaje. Seguramente tuvieron que hacer un verdadero esfuerzo para venir, a sabiendas de que les tocaría volver a revivir unos acontecimientos que a ellos, en otras circunstancias y con otros etarras, les hirieron también profundamente. Por ejemplo, Reyes Zubeldía, la mujer de José Javier Múgica, asesinado en Leitza. Por ejemplo, Salvador Ulayar, hijo de Jesús Ulayar, que murió en Etxarri Aranatz hace 25 años, cuando entonces las víctimas se enteraban por los periódicos de los juicios.

También estaba María Jesús, la madre de Irene Villa, que quiere ahora, dentro de la asociación de victimas del terrorismo, organizar cosas (excursiones, encuentros, etc...) para que las viudas y los familiares se encuentren en ocasiones gratas y distentidas que les ayuden a seguir adelante.

«Además, creo que la defensa de las víctimas es ahora más necesaria que nunca, precisamente ahora que ETA agoniza y que hay quien pueda tener tentaciones de decir "olvidemos todo, perdonemos todo y aquí no ha pasado nada..."».

De eso se habló, y mucho, en la ida y venida del autobús y en el descanso del juicio: del perdón, del arrepentimiento, del cumplimiento de la justicia, del olvido y el recuerdo...

 



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